«Tenían que haberme pegado los tiros a mí, no a Inaxio». Son las palabras de Manoli, una viuda desconsolada que acaba de saber que a pocos metros de su casa los médicos han tratado, sin éxito, de reanimar a su marido. Garbiñe Uria, hermana del asesinado, lo cuenta con lágrimas en los ojos, mientras sale por un callejón trasero de la casa familiar donde los Uria Mendizabal se recluyeron para compartir su dolor.
Las palabras de Garbiñe -la segunda más mayor de una saga de nueve hermanos, tres varones y seis mujeres- destilan tristeza y rabia a partes iguales. Tristeza por la pérdida de un hermano que, pese a sus 70 años y estar medio jubilado, «era un chico que tenía muchas ganas de vivir». Rabia porque «Inaxio lo único que ha hecho en esta vida es trabajar y ayudar a mucha gente. Ha dado trabajo a mucha gente. Nunca se había metido con nadie. No se merecía esto».
Garbiñe es la única de los hermanos que no reside en Azpeitia. Vive en San Sebastián con su marido, que la tapa con un paraguas para protegerle de la incesante lluvia. La casualidad quiso que precisamente ayer se desplazaran a la localidad azpeitiarra para visitarle a él y al resto de hermanos, como hacían una vez a la semana. El matrimonio viajaba en coche y estaba ya en la recta de la basílica, a pocos metros del lugar del atentado. En ese momento recibieron la llamada de su hija pequeña, que trabaja en las oficinas de Altuna y Uria ubicadas junto al lugar del crimen. «Hemos cogido el teléfono y nos ha dicho: 'Le han pegado unos tiros al tío Inaxio'. Luego ha colgado». Poco después, Garbiñe y su marido llegaron al lugar del atentado y comprobaron en persona lo que les había adelantado su hija.
Los momentos posteriores fueron de gran dureza para la familia, en especial la viuda, que sufrió un ataque de ansiedad. «La mujer de Inaxio estaba muy mal. Le han tenido que atender los sanitarios y luego le han mandado a casa. No se lo esperaba. Todo ha sido muy fuerte», explica Garbiñe con los ojos enrojecidos.
Tampoco imaginaban nada así los hijos del empresario, en su mayoría también empleados en la empresa familiar. «Se han enterado cuando estaban trabajando en las obras», añade su tía. Los dueños de Altuna y Uria habían soportado algún sabotaje en los últimos meses. «Habían atacado las máquinas, pero de ahí a esto.... No sospechábamos que fueran a llegar a esto », insiste buscando una respuesta imposible.
Los Uria Mendizabal son una familia muy unida. Son nueve hermanos «y muchos sobrinos». Numerosos miembros de ella se reunieron ayer en las oficinas de Altuna y Uria, junto al lugar del atentado, para compartir el inmenso dolor. Garbiñe sólo tiene palabras de reconocimiento para su hermano. «Era un buen hombre y un gran trabajador. Y luego le gustaba mucho echar la partida con la cuadrilla. Se pasaba hora y media jugando», recuerda.
¡Vaya Navidad!
Cerca del bar de las partidas, en el barrio azpeitiarra de Loiola, está la casa donde residen la mayoría de los hermanos; entre ellos, el fallecido. «Nos reunimos muy a menudo, no hace falta que sea Navidad para que nos juntemos, pero este año (silencio)... ¡vaya Navidad nos espera!», exclama Garbiñe con voz entrecortada, mientras abandona la zona junto a su esposo.
Otro familiar del empresario asesinado, un cuñado, se muestra parco en palabras. «La que peor lo está pasando es la viuda. Cuando nos hemos enterado de la noticia no sabíamos cómo decírselo. Al principio no le hemos dicho que el tiroteado era su marido, sino un sobrino», explicaba.
Sus compañeros de cartas también presenciaron la escena de su amigo herido de muerte en el suelo. Uno de ellos es Marcos Gorostiaga, que compartía con él partidas de cartas y, sobre todo, cuarenta años de amistad. El hombre relató, en declaraciones a Radio Nacional, que venía andando por la zona sobre la una y cinco de la tarde, por delante de Inaxio Uria, cuando él y otros amigos oyeron un ruido como de un petardo. Al darse la vuelta, observaron que el industrial se encontraba en el suelo y la presencia de un hombre encapuchado, que huyó junto a otra persona en un coche. «Nos hemos quedado helados porque nunca piensas que esto va a ocurrir».
Gorostiaga no tenía más que palabras de afecto para su compañero de juego. «Era un hombre amigo de los amigos, un trabajador nato y muy familiar». El vecino confirmó que Uria era un hombre de costumbres fijas. «Realizaba el mismo recorrido a diario». Pese a que su empresa había sido objetivo de la kale borroka, no había notado especial temor en su amigo ante una posible amenaza de ETA. «Aunque el miedo siempre lo habrá tenido dentro, nunca lo había exteriorizado», explicó.
Nada más producirse el atentado, numerosos dirigentes políticos e institucionales hicieron acto de presencia en el lugar, encabezados por el lehendakari, Juan José Ibarretxe, y el diputado general de Guipúzcoa, Markel Olano, ambos con rostros compungidos.
Las lágrimas de Sudupe
La delegación más numerosa fue la peneuvista del partido, encabezada por su presidente, Iñigo Urkullu; el líder de la ejecutiva guipuzcoana, Joseba Egibar, el diputado Joseba Agirretxea y el ex alcalde de Azpeitia Julián Eizmendi. También acudieron los socialistas Patxi López, Iñaki Arriola y Miguel Buen; y la presidenta provincial del PP, María José Usandizaga.
Detrás del cordón policial, Roman Sudupe no podía contener las lágrimas. El ex diputado general de Guipúzcoa, azkoitiarra, era amigo del fallecido. También se acercaron para dar ánimos a la familia del asesinado Marian Romero y Sandra Carrasco, la viuda y la hija del ex edil socialista de Mondragón Isaías Carrasco, que hasta ayer era la última víctima mortal de ETA en Guipúzcoa.