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Un uso responsable de los videojuegos no sólo no es perjudicial sino que puede resultar provechoso para los niños. Ahora bien, los padres deben controlar los contenidos del juego y, en su caso, limitar el tiempo que los niños dedican a esta actividad. Recuerde que los videojuegos son una herramienta útil para desarrollar ciertas habilidades intelectuales y para que padres e hijos compartan momentos de ocio.
Cada videojuego está diseñado para una edad concreta. Con la entrada en vigor del sistema informativo PEGI, la tarea de supervisar los contenidos de los videojuegos es más sencilla para los progenitores. La carátula del videojuego debe mostrar un icono de la edad a la que se dirige el producto. Los segmentos aprobados son: más de tres años y menos de 7, entre 7 y 12 años, entre 12 y 16, de 16 a 18, y de 18 años en adelante. Además, se describen los contenidos y valores del juego y, si es el caso, se advierte de si son inadecuados. Se informa sobre si el videojuego contiene un lenguaje soez, o si muestra escenas que incluyan drogas o sexo.
Los videojuegos no deben comprarse a la ligera, por mucho que los niños los reclamen con insistencia. Una vez seleccionado y adquirido, hay que comprobar las condiciones en las que los niños disfrutarán de él. Su buen uso pasa por no superar las 4 horas semanales de juego. Y se recomienda que se juegue con él en un espacio común de la casa bien iluminado, y no en su habitación, para evitar que se aíslen del entorno familiar y escapen de la supervisión paterna.
Se debe hacer saber a los niños que el juego es irreal y ficticio, ya que algunos podrían llegar a identificarse en exceso con los protagonistas del juego y confundir ficción con realidad. La conclusión es que los efectos de los videojuegos dependen, en gran medida, de la implicación de los padres.
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