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Vizcaya

08.12.08 -

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L as viviendas municipales cumplen 90 años y lo celebran premiando a los vecinos de Torre Urizar, inquilinos castizos y cuidadosos de un rincón con solera de la ciudad. Las casas de Torre Urizar, ese ordenado rincón gris, fueron construidas en 1921 por Ricardo Bastida, el arquitecto que diseñó la Alhóndiga o la preciosa casa Lezama Leguizamón de la Gran Vía. Se trata de las primeras viviendas de precio económico que se levantaron en la villa y ahora el Consistorio premia a sus inquilinos por conservar con esmero una zona que es parte de la intrahistoria de Bilbao, un territorio con auténtico pedigrí que queda más allá de los focos y el titanio.
Torre Urizar es uno de los pequeños pueblos que se esconden en el interior de la ciudad. Allí la gente todavía se conoce por su nombre y los vecinos pueden hablarse de ventana a ventana, superando a voces la era de las telecomunicaciones. Algo parecido ocurre, por ejemplo, con las casas de la Unión Begoñesa en Basarrate: un paréntesis de sensatez en el siempre tumultuoso barrio de Santutxu. O con las famosas casas americanas de San Ignacio, esos cenicientos bloques de telefilme por cuyas escaleras siempre están a punto de aparecer Starsky y Hutch a la carrera.
Todavía hay ecosistemas pacíficos y antimodernos en la villa. Son las llamadas 'casas baratas', esa versión añeja de las VPO en la que se impone el noble arte del alquiler. Las más antiguas cumplirán pronto un siglo y algunas de ellas siguen llamando la atención por su distribución y funcionalidad. Da la impresión de que los arquitectos de antaño sabían lo que hacían y no necesitaban alzar la voz. Quién iba a decirnos que había vida inteligente antes de los premios Pritzker.
Mientras Bilbao mira a zonas como Zorrozaurre y prepara su próxima jugada camaleónica, las viviendas municipales siguen en pie y nos hablan de nuestro pasado efervescente e industrial. Esos grupos de edificios ásperos y sin pretensiones forman un paisaje que no acostumbra a salir en las fotos. Sin embargo, en sus plazas y arboledas palpita un rumor constante y sosegado, una melodía triste que se parece mucho al latido más íntimo de la ciudad.
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