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Con el creador neoyorquino jubilado, Costa relanza la firma de lujo que enalteció el minimalismo en los ochenta hasta convertirla en la favorita de los españoles
14.12.08 -

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Casas de moda hay para dar y tomar, pero ninguna tan codiciada en España como Calvin Klein. La marca que mejor ejemplifica el estilo americano -el famoso 'american way of life'- es la firma exclusiva más deseada por los consumidores nacionales del lujo. Con setenta años ya a sus espaldas, el creador neoyorquino que hizo del minimalismo su razón de ser con la ecuación menos es más -«reducir todo a la máxima pureza»- y puso patas arriba el mundo del diseño en los ochenta y noventa con su estilo urbano y sobrio cuelga, definitivamente, la chapa. El modisto que escandalizó por sus provocadoras campañas publicitarias -la última de lencería protagonizada por Eva Mendes ha sido censurada en Estados Unidos por cómo se mueve entre las sábanas- y que acercó por primera vez la ropa interior masculina a las páginas de las revistas de moda se aseguró una dorada jubilación al ganar 650 millones de dólares con la venta de la tienda de abrigos que abrió en 1968 en Manhattan.
Calvin Klein fue alejándose de los focos mediáticos de puntillas, como yéndose sin dejarse ir. Entregó los galones en 2002, con el traspaso de la dirección creativa a un diseñador brasileño del que apenas se tenían grandes referencias. Alejado del espíritu hedonista que cultivan a diario las sensuales playas de Río de Janeiro, Francisco Costa creció a la sombra de otros. Siempre de los más grandes, pero en una discreta segunda línea. Echó los dientes en los talleres de Óscar de la Renta y Gucci, donde trabajó, codo con codo, con Tom Ford, pero no parecía comerse el mundo como Jacobs, McQueen o Hedi Slimane. Hasta que le llegó su momento, nunca se impacientó.
La apuesta fortaleció su indisimulada ambición oculta tras un carácter aparentemente apocado -«ante un reto siempre digo: yo puedo»- pero iba cargada de veneno. Costa se jugaba la resurrección de una firma que daba síntomas de agotamiento y de haber vivido sus mejores momentos, pero también su futuro en un negocio tan apasionante como afilado acostumbrado a guillotinar cabezas cada temporada.
Tenía el listón alto. Calvin Klein ha sido un pionero. Fue el primero en lanzar un perfume unisex -Ck One-, convirtió los jeans en una prenda imprescindible para cualquier momento y lanzó a la fama a modelos andróginas y al borde de la anorexia como Kate Moss para más tarde recuperar las curvas. Su heredero aceptó el reto con un temor ya superado y una personalidad desmedida: «Antes me estresaba, pero ya no me tiembla el pulso por lo que puedan pensar de mis diseños».
Ha reflotado financieramente la empresa -«el diseño sin un buen marketing no es nada»-, pero se ha mantenido fiel al espíritu de la casa: busca lo esencial a través de la destrucción del exceso con líneas limpias, cortes profusamente trabajados y un aire más femenino y sexy y menos andrógino. Solitario, cabezota, trabajador -«no soporto a los vagos» y religioso -acude todos los lunes a misa para meditar y «ordenar» las ideas-, ha dado en la diana. Por segunda vez ha sido elegido mejor diseñador de colección femenina de Estados Unidos y suma una legión de 'celebrities' a su causa: Ashley Olsen, Hally Berry, Hilary Swank, Elle MacPherson... «Vestir a famosos es muy importante hoy en día en este negocio», reconoce.
Por si fuera poco, el diseñador de la colección de hombre, Italo Zucchelli, ha prolongado la eterna juventud de la firma con una apuesta que «mezcla» la modernidad y el estilo americano. «Calvin Klein está por encima del tiempo, aunque cada estación te da sangre nueva», subraya. Máxime esta temporada en que los vampiros triunfan en Hollywood.
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