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14.12.08 -

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Una tarea para otros 60 años
JESÚS FERRERO
E sta semana hemos celebrado el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hemos recordado que el 10 de diciembre de 1948 las Naciones Unidas aprobaron en París el texto más importante y fecundo del siglo XX. Esta Declaración, que nació sin poder vinculante, ha adquirido una enorme fuerza política y jurídica a lo largo de estos 60 años. Ha desarrollado, superando las mejores expectativas de sus autores, todo un sistema internacional de promoción y protección de los Derechos Humanos con sus normas y sus instituciones. La Declaración ha informado infinidad de sistemas estatales y locales y nos ha legado unos estándares mínimos globales sin los que no podrían entenderse ni gestionarse las relaciones internacionales. Sin la Declaración nuestro mundo sería, con toda probabilidad, más cruel, más injusto y menos humano. Con la Declaración, hoy las víctimas son menos numerosas y los defensores más, y ambos colectivos cuentan con mejores recursos para la protección y la promoción de sus derechos y libertades.
Pero lo que celebramos es mucho más que un catálogo de derechos, un sistema de instituciones político-jurídicas más o menos útiles. Los Derechos Humanos son una cultura, una forma de entender y hacer que pivota sobre la dignidad humana y la justicia. Son una cultura de derechos, sí, pero también una cultura de obligaciones. Una cultura que, por ejemplo, no permite hablar de los derechos humanos de los míos, de mi grupo, como enfrentados o prevalecientes sobre los de los otros. Una cultura que no permite violar unos derechos humanos para defender otros. Una cultura que no admite el asesinato para la defensa de ningún programa político. Una cultura que nace de la libertad y la tolerancia, y de la que en nuestro país tenemos por desgracia todavía mucho que aprender.
La Declaración es uno de los grandes momentos de la Humanidad. Para celebrar su día la Unesco y Bilbao se han unido en la organización del Premio Unesco/Bilbao para la Promoción de la Cultura de los Derechos Humanos, con cuya entrega culminaron en París los eventos de celebración del 60 aniversario. El director general de la Unesco y el alcalde de Bilbao entregaron este premio a Stéphane Hessel, intelectual, diplomático y sobre todo activista de los Derechos Humanos durante todos estos 60 años. Hessel es uno de los autores de la Declaración Universal del 48, uno de sus padres. Es el único vivo de aquel grupo de visionarios, entre los que podemos citar a René Cassin o Eleanor Roosevelt, que redactó los borradores y negoció los textos finales de algo que parecía entonces una utopía y se ha convertido en referente necesario de cualquier teoría o práctica política, además de ser aún un programa cargado de futuro para estas primeras décadas del XXI.
La vida de Hessel tiene mucho que enseñarnos hoy y aquí. La vida de un hombre que, de origen alemán, se integró en la resistencia antinazi, fue capturado y torturado por la Gestapo, enviado a los campos de concentración para su exterminio, capaz de reelaborar esa tremenda experiencia en la búsqueda no de la venganza, sino de los Derechos Humanos para todos. Un hombre que participó con altísimas responsabilidades en la gestación de lo que hoy llamamos desarrollo humano, que supo enfrentarse a su antiguo líder De Gaulle cuando de defender los derechos de otros se trataba (descolonización y especialmente Argelia), que supo que los Derechos Humanos no sólo se trabajaban en el ámbito internacional y se implicó de lleno en iniciativas en favor de los 'sin techo' y los más desfavorecidos en Francia, donde aún hoy sigue trabajando en primera línea.
Pero lo más admirable de Hessel es la lección de optimismo, compromiso y fuerza vital de quien con 91 años sigue trabajando por los Derechos Humanos. Frente a los descreídos que sin haber dado dos pasos en la vida estiman el cinismo o el pesimismo como una pose intelectualmente resultona, este hombre que ha enfrentado y superado los mayores horrores imaginables y que al frente de los organismos internacionales ha sufrido también las enormes carencias de la ONU y del resto de organizaciones, nos dice que cada día que pasa confía más en la Humanidad y en las instituciones imperfectas y mejorables y a veces desesperantes que nos hemos dado, que es más optimista sobre el futuro y nos anima más a participar e involucrarnos activamente en él. Un anciano sabio y entusiasta que se maravilla de aprender y sorprenderse cada día y que nos llama a trabajar por los Derechos Humanos. Un hombre amable y alegre que a todos atiende y alienta. Ha sido un lujo rejuvenecedor conocerle personalmente y nos ha prometido visita a Bilbao, ocasión a la que os recomiendo no fallar.
En Euskadi nos queda mucho por hacer por la promoción de la cultura de los Derechos Humanos, y asociarnos a instituciones internacionales en iniciativas como la presente es una ayuda importante. Estas últimas semanas, y más desde el asesinato de Inaxio Uria, hemos recordado que nuestra prioridad como país y sociedad es la deslegitimación del terrorismo. Compartimos esa necesidad y queremos dar un paso más al afirmar que esa deslegitimación en la que estamos comprometidos adquiere todo su sentido y potencia en el marco de una cultura de Derechos Humanos que la explique y la asiente.
Porque defendemos la cultura de Derechos Humanos, una cultura de la dignidad humana y la justicia, identificamos como prioridad la deslegitimación de quienes más la desprecian. Pero nuestro mensaje no debe ser meramente negativo o reactivo frente a la muy lamentable existencia de ETA, debe ser al tiempo positivo y propositivo: la promoción de la cultura de los Derechos Humanos. Una cultura de los Derechos Humanos que tiene límites y por ello no disfruta del brillante atractivo de otras propuestas: no va a resolver nuestros problemas o diferencias políticas y no nos va a decir cómo organizarnos o cómo relacionarnos con otros pueblos. Pero es una cultura que, mientras gestionamos -sin seguramente terminar nunca de resolver- esas diferencias, nos obliga a respetarnos todos como humanos y a respetar todos unas normas de juego, escucharnos y proteger la dignidad de todos. El fomento de la cultura de los Derechos Humanos es una prioridad para nuestro país y en su promoción está Unesco Etxea embarcada, con el ejemplo admirable de Stéphane Hessel y otros. Quien quiera apuntarse, tiene las puertas abiertas.
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