Denis Urubko, 35 años, Almaty (Kazajistán), disfruta de un 'permiso' antes de volver a Nepal. Allí, dentro de una semana, le espera el italiano Simone Moro para intentar la primera ascensión invernal por la 'ruta kazaja' al Makalu. Un reto doblemente complicado, porque atacarán la montaña bajo la estricta la ética de este militar kazajo (teniente recalca), en estilo alpino «sin sherpas de apoyo» y sin oxígeno artificial «falsea la capacidad humana y por tanto los resultados. Rechazable». Urubko, alpinista forjado en la exigente escuela de alta montaña de la antigua Unión Soviética, atesora trece 'ochomiles'. Le queda uno para cerrar la cuenta, «el Cho Oyu, dicen que el más fácil», y se ríe.
Urubko, considerado como uno de los 'grandes' del alpinismo mundial, fue uno de los compañeros de cordada de Ochoa. El navarro formó, con Moro, su pareja de 'hermanos occidentales'. Lo conoció en 1999 y sus pasos se han cruzado hasta el final. «Ascendimos juntos al Everest (2000), Lohtse, Nanga Parbat, Broad Peak, Manaslu y Dhaulagiri. Era un hombre fuerte, alegre y seguro, que no dejaba nada al azar. Era un líder».
En el Annapurna, por amistad se olvidó de su seguridad y de la promesa de no volver a esta cima, que considera la más peligrosa de la tierra, tras coronarla en 2004.
-¿Tan fuerte fue la llamada?
-Ante una petición así, ¿quién se iba a negar? El resto ya es historia. Lo he contado y escrito varias veces. Me sacaron de la cama en Katmandú, recién llegado del Makalu. Me explicaron que Iñaki estaba en peligro de muerte en el Annapurna y que me sumara al intento de rescate. No lo dudé ni un instante. Cogí la mochila y me reuní con Don Bowie y el ruso Sergei Bogomolov en Pokhara para montar en un helicóptero e intentar llegar al campo base».
-A partir de ese punto todo fueron penalidades. Incluso el desenlace.
-Nos costó aterrizar en el glaciar. Estaba nublado y el helicóptero no podía posarnos en tierra. Es un valle muy estrecho y el piloto no se atrevía a maniobrar. Al final nos dejó sobre la nieve, profunda y blanda, que nos dificultó llegar hasta el campo base. Fue agotador.
-¿Cómo fue el intento de rescate?
-Coordinado. Fue un rescate de categoría. Coincidimos alpinistas experimentados, de talla reconocida. Iñaki reunió a los mejores. Allí estábamos Steck, Anthamatten, Bowie, Bogomolov, Bolotov, etc. Ueli llegó hasta los 7.400 metros. Yo, tras una subida relámpagao en la que quemé dos campamentos, remonté de los 4.000 metros hasta los 7.200 con el oxígeno a cuestas. Estaba a cuatro horas de la tienda de Iñaki cuando Steck nos informó de su fallecimiento. Fue cuando me di la vuelta».
-¿Qué pensó en ese momento?
-Sin ninguna duda ha sido la peor noticia de mi vida. Sólo comparable al falso fallecimiento de Egocheaga (himalayista asturiano) en el Manaslu. Terrible.
-¿Pasó peligro en la subida?
-He cruzado la línea entre la vida y la muerte una vez. En 2004, en el Annapurna. Es la montaña más peligrosa del mundo. Esta vez no fue así. Conozco el límite que no hay que sobrepasar».
-¿Cómo se aprende a reconocer ese límite?
-Paso a paso. Soy de los que creen que hay que aprender a desenvolverse en la montaña. Soy partidario de la vieja escuela rusa. Hay unas reglas a seguir. Se comienza con salidas al monte de niño. En mi caso comencé con mi padre que era ingeniero de recursos naturales. Sigues con la escalada, pasas al hielo, luego a los picos de más de 6.000 metros y así sucesivamente. Es la única manera de enfrentarte a las amenazas, por ejemplo, del Himalaya.
-¿Qué parte deja a la experiencia?
-También hay que aprender sobre el terreno. En este aspecto Ochoa tuvo un papel destacado. De él aprendí que lo más importante es la seguridad, la propia vida. Él nunca se ponía en riesgo. Era un poco, cómo decir, astuto, como un lobo. 'Olfateaba el peligro'.
-¿Es partidario de limitar el acceso a la montaña, en este caso al Himalaya?
-Eso nunca. Todo montañero debe tener la libertad de ir a donde le venga en gana. Pero de esto a hacerlo con seguridad media un gran trecho.
-¿Qué le reserva el futuro?
-Me quedan cinco años. Mi intención es la de trazar una 'ruta kazaja', innovadora en los ochomiles. No podré completar este objetivo, que espero que finalicen mis alumnos de la Escuela del Ejército de Kazajistán.