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L os compradores llegaron al abanico de Plentzia, observaron el paisaje y concluyeron que sí, que allí podrían ser felices. Después, desplegaron de nuevo los folletos, los releyeron, repasaron una vez más las fotografías, escrutaron los planos, hicieron cálculos financieros, también sutiles valoraciones vitales. Y decidieron que sí, que allí estaría su casa, su adosado con garaje y jardín, su honrado sueño de urbanitas contemporáneos.
Lo malo de los sueños es que uno no tiene ningún control sobre ellos y pueden transformarse en pesadillas. Los compradores de los chalés de la urbanización Isuskiza de Plentzia lo saben. Para ellos, el sueño terminó en cuanto entraron en sus nuevas casas y descubrieron las grietas, los desconchones y las filtraciones de humedad. Primero vino la sorpresa, después la indignación y a continuación la añoranza de la montaña de euros que habían entregado a cambio del inmueble. Algunos reaccionaron rápido y, esquivando las goteras, salieron corriendo en dirección a los juzgados.
Los jueces han condenado a la promotora responsable del desaguisado a arreglar las graves deficiencias de los chalés. Se trata de unas reparaciones que cuestan más de 600.000 euros y que la empresa no ha mostrado la más mínima intención de llevar a cabo. Los propietarios, en fin, ya no pueden tomarse más tilas, ni ensayar nuevos ejercicios de relajación zen. Ahora temen que la promotora no tenga fondos para acometer las reformas y todo se complique todavía un poco más.
Ya lo ven: la burbuja inmobiliaria explotó y todavía nos caen salpicaduras en la cabeza. El de Plentzia no es el primer caso de ciudadanos que pagan a precio de oro casas construidas con materiales de juguete. Quizá lo que ha ocurrido es que algunos constructores estaban tan ocupados contando sus beneficios que no tenían tiempo para comprobar que sus obras se hacían con la seriedad y los materiales convenidos. Los ilusionados compradores de Plentzia soñaban con vivir cerca del mar y terminaron dentro de una pecera agrietada. Lo único que piden es que en su casa deje de haber charcos.
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