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Vizcaya

11.01.09 -

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H ay cosas que aceptamos sin demostración. Por ejemplo que la Historia avanza en el sentido del progreso, cuando basta echar un vistazo al periódico para plantearse alguna duda. Otro de esos ingenuos postulados es el crecimiento permanente, a pesar de la evidencia de los ciclos económicos. Tenemos mala memoria. Una tontería que hizo fortuna fue pensar que los propietarios de un piso eran cada día más ricos con la subida de los precios. Los pisos subían como en los timos, por la codicia de todos: propietarios de suelo, constructores, inmobiliarias, especuladores... pero también porque eran moneda de cambio en las obras públicas. Fue un buen truco mientras duró, especialmente cuando se usaron suelos degradados, pero nunca fue un truco que saliera gratis.
Se decía que los pisos de Bilbao eran caros porque apenas quedaba suelo libre, pero el precio aumentaba de modo similar en otras ciudades que podían extenderse por llanuras infinitas. La clave estaba en el grifo de las licencias. A cambio de las licencias, los ayuntamientos, con sociedades instrumentales o sin ellas, conseguían fondos para sus despliegues urbanísticos. De la misma chistera que los polideportivos, las avenidas o los museos, salía el encarecimiento de los pisos, no sólo de los construidos en los terrenos con nueva licencia, los del trueque por las flamantes infraestructuras, sino indirectamente de todos los demás.
El proyecto de Garellano calculaba su financiación, literalmente, en función del número de pisos. El piso era una moneda de cambio no sólo fiable sino que se revaluaba vertiginosamente. Azkuna declaró en 2002, con esa simpática rotundidad suya, que el proyecto era la cuadratura del círculo. Tras expresar tan metafísica contrariedad, tardó un segundo en resolverla, de un tajo, como hizo Alejandro con el nudo gordiano: «Bueno, en lugar de ocho alturas, las torres pueden tener once o doce». Ahora no basta con la multiplicación de los parkings y de los pisos. Hay que venderlos después, y hay que encontrar, antes, bancos que confíen en la operación. Azkuna sacó su espada, cortó el hilo de la circunferencia, se puso a dibujar un cuadrado, pero le salió una temblorosa ola.
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