Las letras y los números fueron la base de la enseñanza de los bilbaínos durante los primeros tiempos de existencia de la villa. No había más complicaciones que las derivadas de la lectura, la escritura y las cuatro reglas. Quien dominaba todas esas artes primigenias podía considerarse un adelantado para su tiempo. Es más, cualquier persona que supiese leer, escribir y controlase las nociones básicas de la aritmética estaba en condiciones perfectas para que las autoridades del concejo bilbaíno le encargaran la importante tarea de ejercer como maestro. No hacía falta más.
Con el paso del tiempo y gracias a las donaciones de los más pudientes de la ciudad, surgieron las escolanías o capellanías, que muchas veces unían a esta labor su dedicación a los enfermos pues también funcionaban como hospitales. Aquellas instituciones educativas primitivas diferenciaban claramente dos tipos de instrucciones: una inferior o primaria, en la que se enseñaba a leer, escribir, sumar, multiplicar y dividir, además de transmitir los deberes que todo buen cristiano debía de cumplir; y otra, más elevada, denominada superior, en la que se contemplaban estudios de gramática, corrientes del pensamiento filosófico, latín y lenguas extranjeras. Con el tiempo, todo esto se enriqueció con los saberes que hijos de las familias nobles bilbaínas importaron a la villa tras su estancia en otros centros de estudios y universidades, sobre todo de la de Salamanca.
A comienzos del siglo XVI, aquel pequeño y simple universo educativo empezó a tomar forma. Surgió la figura del doctrinador o maestro a sueldo del Ayuntamiento, al que ya se le exigía mayor formación aunque su labor principal se centraba aún en la enseñanza básica: escritura, lectura y las cuatro reglas. El primer cambio importante se produjo hacia 1564, con la fundación de una cátedra de Teología y Filosofía gracias a las donaciones de doña Juana de Quixano y Arze. No obstante, a pesar de los altos objetivos de dicha iniciativa, su éxito no estuvo a la altura de lo esperado, sobre todo, por la falta de alumnos. Y es que ya entonces estaba claro que cualquier formación superior debía de sustentarse sobre unos conocimientos y habilidades básicas bien aprendidas. Años más tarde, un vecino de Bilbao llamado Domingo de Olagorta sentó las bases, a través de su fundación, para una óptima organización de la instrucción primaria. Fue a partir de ese momento cuando el concejo de la villa estableció las condiciones que los maestros debían de cumplir en sus contratos con el fin de garantizar determinados logros para los alumnos.
Según se estableció en el contrato firmado en 1585 entre el licenciado Conderina y el concejo de Bilbao, el primero se comprometía a contar, para desempeñar su labor con calidad, con la ayuda de un pasante o repetidor encargado de enseñar a los más pequeños a leer y a escribir de manera eficaz a través de ejercicios prácticos. El horario de aquellas clases era, en verano, de siete a diez de la mañana y de una a cinco de la tarde, mientras que en invierno iba de ocho a once y de una a cinco. Por su parte, Conderina se comprometía a «que les haya de leer en las dichas horas a los estudiantes mayores los libros; a saber, las epístolas de Cicerón y el libro quinto de Antonio Terencio Vergilio y otros libros que sean de más provecho para los dichos estudiantes». A los alumnos más pequeños les leía textos de Luis Vives y otros autores de menor complicación. Además de consignar esa especie de programación de contenidos y actividades, en el contrato quedaba claro que, tanto el licenciado como el pasante, renunciaban a recibir gratificación alguna de los estudiantes, ya que era el concejo, exclusivamente, el único capacitado para pagarles el sueldo que se estipuló en dos mil reales al año. Por lo que se deduce que ya entonces los sobornos estaban muy mal vistos en la escuela.
Doctrina y disciplina
La labor de maestro no era fácil, en absoluto. Por lo que se puede deducir del contrato firmado por el citado licenciado, la baja por enfermedad era algo para no desear bajo ningún concepto ya que, si se diera el caso y se estuviera más de un mes enfermo, era el propio afectado el que debía de correr con el sueldo de su sustituto. Ni qué decir tiene que, ante ese panorama, la consigna personal de los maestros era dar clase como fuera. En cuanto a los permisos para poder ausentarse del trabajo, estos debían de provenir directamente y en exclusiva del propio concejo, que era el que pagaba el sueldo del maestro. Y, encima, por si todo eso fuera poco, si alguna de las cláusulas del contrato no se cumplía y el concejo decidía el despido del maestro, este tenía la obligación de restituir cuantas cantidades de dinero le hubieren adelantado.
En su parte final, el contrato dejaba claro -sobre todo, debido a las peticiones hechas por gentes importantes de la villa-, que a los alumnos no sólo había que enseñarles lecciones de gramática, sino que había que hacer mucho hincapié en cuestiones de doctrina y disciplina para evitar que cayeran en todos esos vicios que ya entonces se decía corrompían los cuerpos, las almas y las mentes. La escuela, tal y como señala Teófilo Guiard en su Historia de Bilbao, estuvo situada en un edificio construido en 1577 en Belosticalle, junto a la torre de Martín de Olloqui.
Las autoridades de Bilbao siempre mostraron un gran interés por generalizar la educación básica. De hecho, esta siempre fue gratuita y universal, ya que, como cita Teófilo Guiard, hasta «el niño de la última bastarda tiene derecho a la instrucción, primero por su dignidad de hombre, y luego como fracción del pueblo».