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Vizcaya

VIZCAYA

12.03.09 -

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S antiago Calatrava es un arquitecto y a la vez es un artista. Es un artistecto. Así lo acaba de decretar la Audiencia provincial de Vizcaya, que ha condenado al Ayuntamiento por «alterar» una de sus obras de arte: el Zubi-zuri. Como recordarán, el Consistorio salvó el desnivel entre las torres de Isozaki y el puente con una pasarela funcional y más o menos discreta. Eso gustó a la gente que llevaba carritos o iba en bici, pero no gustó a Calatrava, que es un señor que tiene un «compromiso con la arquitectura puramente picassiano». Lo comentó él mismo hace unos años en una entrevista: «Como Picasso, hago todo lo que puedo por marcar la época en la que vivo, de una manera pasional y casi autobiográfica».
Sabiendo lo de la autobiografía, uno entiende mejor que el Zubi-zuri sea tan resbaladizo. Probablemente se trata de un homenaje a algún tobogán especialmente querido por el artistecto en su infancia. A partir de ahora, cuando se escurran en el puente y se rompan la cadera, piensen en el arte y en la autobiografía: dos asuntos que les entretendrán en el postoperatorio.
Pero no nos distraigamos. La sentencia da la razón a Calatrava y establece que el derecho a la propiedad intelectual prevalece sobre el interés público. O sea, que el hecho artístico, ese misterio, manda sobre la lógica. A través de un comunicado, el artistecto ha declarado que es un fallo histórico porque iguala la arquitectura con el resto de las disciplinas artísticas.
Calatrava está feliz. Lo curioso es que el Ayuntamiento -que debería haber reaccionado antes de tener que improvisar la sensata chapuza de la pasarela- también lo está. Más que nada porque no les han condenado a dinamitar el puente o las torres de Isozaki, ni tampoco a pagarle al artistecto los tres millones de euros que pedía. Tres millones: una cifra puramente picassiana. En realidad, y a la espera de que el Consistorio recurra, sólo habrá que abonar 30.000 euros. La sentencia estima que la petición inicial de Calatrava se explica por una «autocomplacencia intolerable y desmedida». No deja de ser curioso que haya tenido que ser un juez quien se atreva a definir la naturaleza última de la artistectura contemporánea.
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