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Xavi, Messi, Iniesta y Henry humillan al Real Madrid con un curso de belleza futbolística y dejan sentenciada la Liga

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El Barça tenía ayer baile en el Bernabéu. Baile de salón. De balón. Xavi ató la pelota con una cuerda. Y a danzar. El esférico cambiaba de pareja al son catalán. Ahora lo tenía Xavi, ahora Messi, ahora Iniesta, ahora Henry. Cada vez que irrumpía en la coreografía algún jugador del Real Madrid, un dorsal azulgrana tiraba del cordel y recuperaba el balón. El baile era privado. Sólo para el Barça. Como la Liga: cuando acabó la sesión, tenía de nuevo siete puntos sobre el Madrid a apenas cuatro jornadas para la meta. Ya está: se acabó el baile. Y resultó histórico. Por el resultado: el Barça nunca había marcado seis tantos en el Bernabéu. Y por el estilo: jugó ayer al fútbol absoluto. Valiente. A bailar.
El gran clásico de la Liga le contó la verdad al Real Madrid. Los noventa minutos resumieron el campeonato. El fútbol enérgico del equipo blanco le ha dado para sumar una racha increíble. Pero a este juego no se puede ir sólo con fe, entrega y determinación. Si con eso bastara, la selección talibán ganaría el Mundial. El fútbol es más sencillo. Basta un balón y el cordel que comparten Xavi, Iniesta y Messi. Sin embargo, durante un cuarto de hora todo el Bernabéu creyó en la tenacidad de su equipo. El Madrid, ya se sabe, no se resigna. Robben, con una pierna aún remachada, prendió el volcán blanco. Podía con Abidal. Había una puerta abierta. Y por ahí, por la derecha, entró un pase milimétrico de Ramos a la cabeza de Higuaín. Solo. Fácil. Higuaín aparece siempre en los partidos de verdad. El de ayer lo era. El 1-0 descorchó la erupción en el Bernabéu. Otro milagro posible... Ya, ya.
Durante un rato se retrasó el baile. El portero cerró el paso. Es decir, Casillas volvió a pararlo todo. A todos. Pero no pudo contener la avalancha. Los del Barça tenían ganas de fiesta. Enseguida, Messi tiró de la cuerda y ofreció el turno a Henry, que empató y se giró a la grada para afear los gritos racistas. Dos minutos después, Xavi dibujó un gol al dictado. De falta: puso el balón en la cabeza de Pujol y le ordenó anotar: 1-2.
Casillas se sintió rodeado. No dejaba entrar al baile a Eto'o. Y trataba de sacar a Messi. La pulga argentina jugaba de delantero. En el centro de la pista. Ahí le había puesto Pep Guardiola. Diana del técnico catalán. Por cerrar el acceso por la bandas, el Madrid dejaba el corazón del área al descubierto. Messi disfrutaba con tanto aire.
El Bernabéu asistió a sus tracas. Uno, dos, tres regates. Lo que haga falta. En el minuto 35, Xavi, siempre Xavi, aprovechó un patinazo de Lass y alfombró el 1-3 de Messi. El Madrid parecía jugar sobre barro. El Barça se deslizaba sobre hielo. Hasta Piqué, el defensa del futuro, daba cursos de elegancia. Tiene porte de pasarela. Y eso que la defensa fue lo peor del Barcelona. Ante un Madrid tan menor pareció frágil. Por eso, al poco de la segunda parte, Ramos cabeceó el 2-3. Pero fue un espejismo. De mentira. Inmediatamente, Xavi estiró el hilo. El balón le obedeció. Es su mascota. Ven. Y viene. Buscó a Henry por encima de la defensa tan adelantada como apresurada del Madrid y le encargó marcar el 2-4.
El final de Juande
El Barça jugaba como los grandes equipos de rugby. A la mano. Organizados para la fantasía. Trotaba. Al paso. Con suficiencia. A la media hora de este segundo periodo, Xavi, cómo no, se quitó de encima a dos rivales con un gesto. Un paso de baile. Otro tirón. La pelota le siguió sumisa. Agradecida por el trato y directa hacia el 2-5 de Messi. El triunfo de la geometría blaugrana. El fracaso de Juande Ramos, casi ya ex técnico del Real Madrid. No podrá superar esta afrenta histórica. Su Madrid acorazado no ha servido ni contra el Liverpool ni contra el Barça. Es de cartón ante los grandes. Las estadísticas no le salvarán. El 2-6 será su soga.
Y ese gol, el último del Barça, vino tras un buen rato de rondo azulgrana. Piqué lo firmó con un lujo digno de buen delantero. Luego corrió hacia la grada y enseñó al Bernabéu su camiseta. Blaugrana. El traje para ir a bailar al Bernabéu. De blanco vestían ayer los componentes del final de un proyecto. A nada del final, Guardiola sustituyó a Iniesta. El jugador de rostro pálido, el que parece pedir perdón por cada regate. A alguien así nadie puede criticarle. El Bernabéu le despidió con una ovación. En el fondo, era la manera menos dolorosa de envidiar la belleza de este Barça campeón.
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