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Política

eta mata a un policía nacional en arrigorriaga

20.06.09 - 22:33 -

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Vídeo: Javier Palacio (elcorreo.tv)
Un funeral emotivo y masivo ha despedido hoy al inspector de policía Eduardo Antonio Puelles, en el que el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, ha pedido "un no rotundo e inequívoco al terrorismo, con la cabeza y el corazón, en la conciencia y en la calle".
Blázquez ha dirigido la ceremonia en una abarrotada iglesia de San José, en el centro de Bilbao, con la presencia de los Príncipes de Asturias, la viuda y los dos hijos de Puelles, a los que el prelado ha manifestado su condolencia y "la solidaridad de todos". "No estáis solos", ha subrayado Blázquez.
La emoción contenida ha presidido el funeral, en el que los abrazos de condolencia han unido a la familia, los Príncipes de Asturias y los cientos de presentes en la iglesia de San José, repleta.
La celebración ha comenzado puntual a la una, cuando ha entrado en la iglesia una agente de la Policía Nacional que portaba en una bandeja de plata la gorra del agente asesinado y la bandera española que ha cubierto el féretro mientras ha estado expuesto en la capilla ardiente.
Tras la agente, los restos mortales en hombros de ocho agentes, dos de cada cuerpo policial: Policía Nacional, Guardia Civil, Ertzaintza y Policía Municipal de Bilbao. Detrás iba la viuda Francisca y sus hijos Rubén y Asier, además de la madre y hermanos del inspector.
Cuando el féretro y las coronas de flores han sido colocados ante el altar, Don Felipe y Doña Letizia se han acercado a la viuda, hijos y hermanos, a quienes han abrazado y han dedicado unas palabras de consuelo, que la familia ha recibido entre lágrimas. Los Príncipes han arropado también a algunos de sus compañeros del Cuerpo Nacional de Policía.
Durante la homilía, el obispo ha pedido a la sociedad que continúe "con paso firme en el camino que conduzca a la desaparición de ETA, que tanto daño nos ha causado. Apoyamos a las autoridades en el recorrido, siempre difícil y a veces muy doloroso, hasta alcanzar plenamente una convivencia libre y segura para todos".
Unas horas antes de la manifestación de Bilbao que a las seis de la tarde repudiará el atentado, el prelado ha dicho que "debemos decir todos un no rotundo e inequívoco al terrorismo, con la cabeza y el corazón, en la conciencia y en la calle, personalmente cada persona y unidos como ciudadanos" "La unidad clara y perseverante contra la organización terrorista es condición eficaz para vencerla pronto", ha insistido.
Tras los bancos de la familia se han sentado los representantes e institucionales, como la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega; el lehendakari Patxi López, además de los presidentes del Senado, Javier Rojo, y del Parlamento vasco, Arantza Quiroga.
La iglesia estaba repleta de centenares de ciudadanos, muchos de los cuales han seguido el acto de pie en los pasillos, en silencio. Al final, cuando ha sonado el "Agur Jaunak", un himno vasco de respeto, para despedir al fallecido, algunos ciudadanos no han podido contener las lágrimas. Al acabar la ceremonia, la viuda, en un último adiós a su marido, en el pórtico del templo, ha acariciado con su mano la caja mortuoria.
Antes de que partieran, los Príncipes han despedido, con abrazos emocionados, a la viuda del agente, sus dos hijos, su madre y demás familiares de la víctima, aplaudidos por los cientos de personas que han esperado en el exterior de la iglesia.
Un no rotundo al terrorismo
El obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, ha señalado hoy en el funeral del policía Eduardo Puelles que "debemos decir todos un no rotundo e inequívoco al terrorismo, con la cabeza y el corazón, en la conciencia y en la calle, personalmente cada persona y unidos como ciudadanos".
Blázquez ha dirigido la ceremonia en una abarrotada iglesia de San José, en el centro de Bilbao, con la presencia de los Príncipes de Asturias, la viuda y los dos hijos de Puelles, a los que el prelado ha manifestado su condolencia y "la solidaridad de todos". "No estáis solos", ha subrayado Blázquez.
En la homilía, el obispo ha dicho que "cada víctima mortal del terrorismo es un clamor que exige, con la fuerza de la sangre injustamente vertida, respeto a la vida y libertad para todos. La memoria de las víctimas es un recordatorio permanente para que la sociedad continúe rechazando enérgicamente la violencia y desenmascarando sus propósitos".
Atentado
ETA cumplió su advertencia. Anunció que recibiría al primer Gobierno socialista en Euskadi a sangre y fuego y ayer lo llevó a efecto al asesinar a un «buen policía y un vasco noble», según calificaron quienes le conocían al inspector Eduardo Puelles García, de 49 años, muerto tras explotar una bomba lapa adosada a su coche en la localidad vizcaína de Arrigorriaga.
El atentado se produjo a las 9.05 horas. El agente acababa de salir de su casa. Estaba casado. Tenía dos hijos. Apenas tres días antes, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y su homólogo vasco, Rodolfo Ares, habían renovado decididamente su apuesta contra el terrorismo en una reunión en Ajuria Enea. La misma Ajuria Enea contra la que ETA bramó semanas atrás, al tachar al nuevo Ejecutivo de Vitoria de exponente del «fascismo».
Eduardo Puelles García conocía el calibre de esta amenaza. Hay palabras que disparan y analizar el verbo etarra era parte de su labor. Diseccionaba sus comunicados. Sabía euskera. Jefe del Grupo de Vigilancias Especiales de la Brigada de Información del Cuerpo Nacional de Policía, en la última década participó en la detención de más de 70 terroristas. Él y su hermano, ertzaina de profesión, encarnaban de alguna manera esa coalición de los dos gobiernos contra el horror. Una cosa es segura: Puelles evitó muchas muertes.
Pero ayer, el enemigo y la clase de muerte que combatía le esperaban en el asiento trasero de su coche. El automóvil que usaba el inspector, un Renault Megane, había permanecido durante la noche en un aparcamiento de la calle Santa Isabel, próximo a su domicilio y en el que los vecinos habían solicitado infructuosamente la colocación de cámaras para combatir los frecuentes robos. Las primeras hipótesis apuntan a que los etarras desconocían que su objetivo era también su azote, un mando que se encargaba del seguimiento de presuntos terroristas, con amplia experiencia en investigación.
Su intención habría sido la de asesinar a un miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado, cuyos movimientos tenían controlados. La zona es limítrofe a La Peña, barrio trabajador de Bilbao castigado con frecuencia por los comandos. La fecha elegida, el vigésimo segundo aniversario de la masacre en el Hipercor de Barcelona, revela que a la banda le gusta la simbología que sangra.
Eduardo Puelles arrancó el motor para dirigirse a su trabajo en la comisaría de Indautxu, en el centro de la capital vizcaína. El coche apenas recorrió unos metros. Los suficientes para provocar un ligero cambio de nivel y activar la mecánica de la muerte. El detonador dio el golpe fatal. La bomba lapa explotó. Iba adosada a los bajos, a la derecha, junto al depósito de gasolina. Difícil de detectar y muy letal. Un kilo y medio de explosivo arrojó el infierno sobre el inspector.
Alejandro y su esposa lo vieron. Vieron el infierno. El aliento de la bomba combinado con el combustible. Montaban en ese momento en su propio automóvil, aparcado en la explanada. Hubo un ruido seco. El suelo tembló. A cierta distancia, un hombre que paseaba a su perro se quedó «como atontado» por el «estallido». Alejandro corrió hacia el vehículo del inspector. Y el horror se multiplicó a sí mismo. Le escuchó gritar. «Lo único que hemos sentido han sido chillidos y chillidos», recordó más tarde el testigo. Impresionado, abatido, quebrado. «El policía gritaba 'sacadme de aquí', pero no se podía hacer nada porque todo estaba completamente en llamas». Una agonía cruel. Torturante. Puelles murió calcinado, torturado.
Tampoco los servicios sanitarios pudieron llegar hasta él. Un muro de llamas formado por los restos del Megane y de otros cinco automóviles, alcanzados por la ola de fuego, lo impedían. A las diez de la mañana, los bomberos lograron sofocar el incendio. Alguien se percató de que las placas de matrícula eran 'reservadas'. El cadáver pertenecía a un policía antiterrorista. Eduardo. Varios compañeros llamaron a su móvil. No respondió. Las lágrimas comenzaron a aflorar.
La viuda, en el hospital
La concejal de Seguridad Ciudadana de Arrigorriaga, la peneuvista Marisol Ibarrola, amiga íntima de la familia del inspector, tuvo el «peor presagio» posible al enterarse del atentado. Marcó el número del agente. Señal. Esperanza. «Nos daba llamada; en un primer momento nos hemos ilusionado porque el teléfono daba llamada». Pero enseguida calló, «dio que estaba apagado y fuera de cobertura». Marisol dejó de teclear.
Paqui Hernández se encontraba en casa. Su marido había salido a trabajar cinco minutos antes. Como cada día. A las 9.05 horas, cientos de bilbaínos oyeron un «trueno». Ella escuchó la detonación de una bomba. Supo de inmediato que en su vida y la de sus hijos, de 16 y 21 años, acababa de entrar aquello que su esposo se había esforzado en erradicar desde que se incorporase a la Brigada de Información de Bilbao en 1997. Que, por muchos miedos que pasaron y por muchos desvelos soportados para desarticular el comando Vizcaya o el aparato de captación etarra, aún quedaban terroristas para atacarle. Por fortuna, Paqui no conoció en ese instante la crueldad extrema de su muerte. Ella y sus vástagos tuvieron que ser trasladados al hospital de Basurto debido a un episodio de ansiedad.
Expertos del Cuerpo Nacional de Policía y de la Ertzaintza inspeccionaron el escenario del atentado en busca de restos del explosivo. Al parecer, también el hermano del agente asesinado acudió al lugar. Pasadas las 12.20 horas, el juez de guardia de Bilbao ordenó el levantamiento del cadáver, que fue trasladado al Instituto Anatómico Forense de la Audiencia Provincial de Vizcaya para la preceptiva autopsia. Posteriormente, fue conducido a la subdelegación del Gobierno en Bilbao, donde por la tarde quedó instalada la capilla ardiente. El juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu se ha hecho cargo del caso.
Los Príncipes asistirán hoy al funeral por el inspector, cuyo asesinato recibió la condena de todos los partidos democráticos. En Bilbao llovía. Esa llovizna fina que cala como la desazón. En torno al crimen se sucedieron el rechazo, el horror, la ira y la consternación; una serie de sentimientos todos ellos audibles y palpables. Se escucharon en las palabras de los vecinos del agente -«que piensen si les gustaría que le pusieran una pistola a un hijo», decía uno en alusión a los terroristas-. Y se hicieron físicos en Bilbao y Arrigorriaga, que quedaron sumidos en la sensación de tiempo detenido que sigue a las catástrofes.
Eduardo Puelles, nacido en Barakaldo (Vizcaya) en 1960, es la primera víctima mortal desde que el empresario Inaxio Uria fuera abatido a tiros el 3 de diciembre en Azpeitia, y el primer policía nacional que cae a manos de ETA desde mayo de 2003, cuando la banda acabó con la vida de Bonifacio Martín Hernando y Julián Envit Luna en la localidad navarra de Sangüesa. En medio, los terroristas han golpeado duramente a otros miembros de las FSE, con acciones contra casas-cuartel como la que mató al guardia civil Juan Manuel Piñuel en Legutiano el año pasado.
Una nutrida representación política, encabezada por el lehendakari Patxi López y la presidenta del Parlamento, Arantza Quiroga, visitó el lugar del atentado y, posteriormente, a la familia del inspector en el hospital. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder del PP Mariano Rajoy acudieron juntos a la capilla ardiente. Entre tanto, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y el consejero Rodolfo Ares volvieron a coincidir. Habían pasado tres días desde que revalidasen su alianza antiterrorista y no tuvieron palabras para consolarse.
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