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POLÍTICA

20.06.09 -
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Un hombre grita entre las llamas antes de morir. Acaban de estallar el kilo y medio de explosivos que un terrorista ha colocado cuidadosamente junto al depósito de gasolina de su coche. El hombre tiene 49 años y es policía. Su mujer y sus dos hijos están en las inmediaciones y han oído la explosión. Un vecino ha visto cómo el coche saltaba por los aires. Después, ante los periodistas, hablará de la onda expansiva, del fuego, del humo. Con la mirada algo perdida, explicará que no pudo hacer nada y repetirá un sustantivo impresionante: «Chillidos y chillidos». Pese a que uno intenta en estos casos esquivar la literatura, es difícil no recordar la palabra que el Kurtz de Conrad repite dos veces al final de 'El corazón de las tinieblas': «El horror, el horror».
Una bola de humo, hierros al rojo y chillidos: ahí tienen el conflicto. En los ochenta, Rafael Sánchez Ferlosio publicó algunos de los textos más certeros que se han escrito nunca sobre el terrorismo vasco. En uno de ellos subrayaba la idea de que la crueldad del terrorista es en realidad su único anclaje con la realidad. Con los pies asentados en una montaña de horror, el asesino se hace una pregunta tramposa e infantil: ¿Veis cómo lo mío no puede ser una fantasía? ¿Cómo podría una fantasía causar algo semejante?
El siglo XX, sin embargo, ha demostrado que las fantasmagorías son capaces de irrumpir en la realidad para dejarlo todo lleno de cadáveres. Una de esas fantasías fúnebres guió ayer al terrorista que colocó cuidadosamente dos kilos de explosivos junto al depósito de gasolina del coche de un policía vasco. Su nombre era Eduardo Puelles y pidió ayuda antes de morir. Mantenernos muy cerca de los hechos, no perder de vista el humo, los hierros, los chillidos, nos mostrará la sencilla naturaleza de ETA, esa estúpida expenduría de horror que funciona todavía entre nosotros.
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