«Estoy muy orgullosa de mi marido». La voz de Francisca Hernández retumbó ante los miles de asistentes a la manifestación en memoria del inspector Eduardo Puelles, asesinado por ETA. Detrás de Paqui escuchaban sus dos hijos, Rubén y Asier. El viernes, cuando la bomba, ella se desmayó mientras caminaba en zapatillas hacia aquel sonido, aquel humo, aquella sospecha de que la víctima era él. Esa tragedia tantas veces imaginada sin palabras en la familia de cada policía. El maldito presentimiento cumplido. Ayer, todavía con ese humo tan reciente, Francisca Hernández tuvo aplomo de sobra para encararse en público con ETA.
Desde esa mañana de la explosión en el aparcamiento de la campa Santa Isabel, Francisca Hernández es viuda. Y sus dos hijos, huérfanos. Así, de luto, Paqui subió ayer la escalinata del Ayuntamiento de Bilbao, punto final de la manifestación. Tenía algo que decirles «a quienes le han matado». Habló su fuerza. Directa a la cara de la banda terrorista: «Lo único que han conseguido es dejar dos huérfanos y una viuda. No van a lograr nada más, porque gracias a Dios hay mucha gente como mi marido, mucha, y no van a poder con ellos. Cada día van a salir más y más». Serena, rotunda. Ni el fallo inicial en el sistema de sonido alteró la contundencia de su discurso.
Las palabras de Francisca Hernández eran la clausura de la manifestación. Un final con entereza. La plaza del Ayuntamiento parecía una pleamar de miradas. Todos atentos a la viuda. A escuchar cómo les decía a los asesinos: «A mí no me van a ver llorar. Lloraré en casa, pero aquí no, no voy a darles ese gusto». Estaba rodeada de gente pero seguía dirigiéndose a los terroristas. «Son asesinos, y no presos políticos. Que no vengan sus familias pidiendo dinero para ir a verlos porque son presos políticos. ¡Mentira! Son asesinos», acusó.
Con sus dos hijos
Su marido había luchado durante años contra bombas como la que le mató. Era un baracaldés vecino primero de Zorroza y luego de Arrigorriaga. Inspector en la comisaría de Indautxu. Hermano de un ertzaina; padre de un futuro policía. Ayer, frente a la manifestación que les mirada, sus dos hijos, con las barbillas trémulas, obedecieron a la madre. No lloraron, aunque les costó. Guardaron las lágrimas en las ojeras. Lágrimas interiores. Privadas. Para su casa en Arrigorriaga. Los dos escudaron a Francisca, que continuaba con su mensaje a ETA: «Me han hecho mucho daño, pero les va a costar mucho poder conmigo y con mi familia. Con los hermanos de mi marido, con mi madre y con toda la gente que le quiere». Ni una lágrima. Ya lloraba por ella la gente que escuchaba. Emoción solidaria.
Y a ellos se dirigió: «Viva el País Vasco». Con voz firme, orgullosa. Erguido el ánimo. El viernes, al escuchar la detonación y adivinar el horror, se había desvanecido. La vieron llorar en la capilla ardiente. Pero no ayer. Con gafas de sol, orgullo y agradecimiento por el respaldo popular: «Aquí se puede vivir muy bien, porque hay gente muy decente y muy honrada. Cada uno tiene sus ideas, pero las defiende hablando y no matando». Ese 'no matando' atronó en el corazón de Bilbao. «Si España se ha unido a la Unión Europea, ¿por qué tenemos que separarnos nosotros? Somos personas y tenemos que unirnos», dijo.
Ante los miles de asistentes al acto y numerosos representantes de instituciones y partidos políticos, Paqui habló ayer de su marido, del inspector que ETA mató el viernes para «nada». Sólo para dejar «dos huérfanos y una viuda». Lo dijo sin regalarle una lágrima a los terroristas. Su tristeza es de viuda, a plazo largo. Ya llorará cuando esté a solas con la memoria de Eduardo Puelles.