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Ciclismo Caída de Pedro Horrillo

Tras una asombrosa recuperación de la caída en el Giro, el ciclista recibió ayer el alta médica e iniciará hoy en casa su rehabilitación con la meta puesta en «hacer una vida normal»

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«Tuvieron que atarme a la cama»
Horrillo, con los doctores Valentí y Díaz de Rada, ayer en Pamplona. / EFE
Recuerda la luz blanca, artificial, del hospital de Bérgamo. Fue lo primero que vio al volver, aún con el cosquilleo de la sedación. Allí tumbado en la camilla, Pedro Horrillo volvía, pero no sabía de dónde. «Abrí los ojos. Me asusté. Empecé a chillar, a arrancarme los tubos, el suero», cuenta. Los médicos comenzaron a tranquilizarle, a decirle que su vida estaba a salvo, que se había caído por un barranco de 80 metros en el Giro. «Pero yo no recordaba haber estado en el Giro. No les creía. Lo negaba todo. Mi reacción fue violenta. Me sentía preso. Tuvieron que atarme a la cama». Entraba y salía del coma. Calma e ira. Hasta que en uno de esos despertares vio a Lorena, su esposa, junto a la cama. ¿Qué hacía allí? Tienen dos hijos pequeños y si los había dejado en casa, tan lejos, es que... «Es que era grave. Así empecé a asimilar la situación».
Pedro Horrillo (Ermua, 34 años) lo contó ayer, la mañana que recibió el alta médica en la Clínica Universitaria de Pamplona, justo cuarenta días después de aquella curva en el descenso del Culmine di San Pietro, uno de los puertos de la octava etapa del Giro. Ochenta metros de caída libre, a golpes con las ramas y el suelo. Horrillo, con collarín y muletas, flaco, exprimido y sin ese forro de músculo que le hizo un clasicómano, dijo cuál era ahora su meta: «Hacer vida normal».
A su lado, sonreían los médicos que le han tratado: Juan Ramón Valentí, Felipe Lucena y Pablo Díaz de Rada. «Cuando llegó comprobamos cómo estaba y vimos que había muchos puntos donde podíamos hacer agua», recordó Valentí, que se topó con un paciente roto. «La clave de la recuperación ha sido él, sus ganas de mejorar». Lucena lo describió así: «Es un hombre muy fuerte. Sólo pasó 24 horas en la UCI. Y pese a las fracturas y las operaciones, no ha tenido nunca fiebre». Horrillo ha superado su etapa infernal.
Empezó en aquella curva que no recuerda. El accidente le ha quitado ese día. Cuenta de esos momentos lo que otros le han contado, los que le rescataron: «Estuve allí abajo tirado seis o siete minutos, hasta que llegó el primero del rescate. Yo estaba inconsciente, pero con los ojos abiertos. Al notar que alguien venía, me levanté y hablé. 'Me llamo Pedro', le dije en italiano. Había perdido mucha sangre y me temblaba la pierna izquierda. Apunté con la mano hacia arriba, a la vía por la que había caído, para que me subieran y poder seguir la carrera». El médico del equipo de socorro le obligó a tumbarse. Le estabilizó y le salvó mientras el ciclista vizcaíno se sumergía en la inconsciencia. Lo siguiente que vio fue la luz blanca del hospital de Bérgamo.
Foco sobre los destrozos: shock herrorrágico, costillas clavadas en los pulmones, vértebras cascadas, la rotúla izquierda reventada y, lo más aparatoso, el fémur de esa pierna triturado. «Cuando llegó aquí, esa pierna medía seis centímetros menos que la otra», comparó Rada. Faltaba hueso. Un injerto de un donante y un enorme clavo lo solucionaron. Orfebrería ósea. «En Bérgamo me salvaron la vida y en Pamplona me van a arreglar. Ya me están arreglando», resumió agradecido. Risa apoyada en el collarín.
«Contento de contarlo»
Mientras los médicos le han hablado durante semanas del futuro, de la rehabilitación, el corredor ha ido recuperando su pasado. Aquellos días de mayo. «Poco a poco voy recordando cosas, la cena anterior a aquella etapa, la contrarreloj por equipos». Como si su mente hubiera querido tachar ese periodo. La pierna, la rótula y los huesos quebrados son la memoria de aquello. Pasado. «Ahora pasaré a lo que me dé de sí la vida. El ciclismo ha sido para mí una filosofía de vida y sé que volveré a disfrutar de la bicicleta. No sé si recuperaré el nivel que tenía, pero eso no sería ningún trauma». Horrillo, buen lector, buen escritor y casi licenciado en filosofía, no dejará de avanzar por bajarse de la bicicleta profesional.
«Llevo once años como ciclista. Lo que tenía que decir en el deporte, más o menos lo he dicho». Asumirá si es necesario que la bicicleta no es para correr. «Estoy contento de poder contarlo. Siempre he tenido una actitud positiva». Sobrevolará aquel barranco italiano. «Ahora valoraré más las cosas. Les sacaré más jugo. El lazo que me une a mi familia es más intenso».
A Horrillo ya le hablan de subirse pronto a un rodillo. A engrasar esa rótula cosida con alambres. Ayer durmió por fin en casa, con Lorena y los críos, y hoy empezará la rehabilitación en un centro próximo a Abadiño. «Ha pasado lo peor». Aquel despertar bajo la luz desconocida. El pánico de estar en esa pesadilla tan común: sentir cómo te caes, abrir los ojos bajo sudor frío y respirar al ver que todo era un mal sueño. Al corredor del Rabobank le gusta leer: «Si no puedo volver a ser ciclista, terminará un capítulo de mi vida y empezará otro». Ha empezado a escribirlo.
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