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DE CUANDO EN CUANDO

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Me encantan las películas policíacas -que yo llamo de tiros y mamporros- interpretadas por un agente de la ley experto en artes marciales y en las que los delincuentes acaban siempre en el duro y santo suelo, lo cual no deja de ser una aleccionadora moraleja. Pero ellos no escarmientan y, cuando uno acaba en la cárcel, ya hay otros preparando sus fechorías hasta que llega el agente imbatible y acaba de nuevo con ellos. Es lo que se califica popularmente como el cuento de la buena pipa.
Pero hoy quiero fijar su atención en dos detalles muy curiosos que se utilizan siempre, indefectiblemente en este tipo de enfrentamientos entre policías y ladrones: las peleas a mamporro limpio y los tiroteos, porque estos dos ingredientes nunca faltan en este género.
Si se fijan, en las peleas en las que el invencible agente de la ley se enfrenta a sus enemigos, cualquiera que sea su número (les he visto pelear con más de media docena y dejar a todos patas arriba), durante el combate el agente sacude a sus rivales un respetable rosario de recios puñetazos en las narices y tremendas patadas en los hocicos, a pesar de lo cual, acabada la riña, los malos van a la cárcel sin una sola señal de lucha en su rostro. Como si acabasen de salir de un instituto de belleza. Ni siquiera les falta un diente. Pero aún más curioso que este prodigio cosmético de los puñetazos y las coces me resulta el truco de los tiroteos. Si ustedes se fijan, cuando se enfrentan a tiros un agente de la ley y un pandillero, cada cual con su pistola y escondidos detrás de un cajón, el mecanismo por el que se rigen estos tiroteos es el siguiente. Atención al truco.
Primero se asoma el delincuente y dispara tres tiros mientras el agente está escondido. Una vez hecho esto, el delincuente se esconde y el agente se asoma y dispara sus tres tiros. Acto seguido, el agente se vuelve a esconder y se asoma el delincuente para disparar sus tres tiros, hecho lo cual se esconde de nuevo y el policía... tres más. Y así se pasan el rato disparando por turnos hasta que el delincuente se equivoca y el policía aprovecha la ocasión para cargárselo. Ahora entenderán ustedes porqué me gustan tanto las películas de tiros y mamporros.
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