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La antesala del centro de ocio y cultura se transformará en un espacio de vanguardia con el sello personal de Philippe Starck

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Ricardo Bastida y Philippe Starck tienen una cita en la plaza Arriquibar. Es aquí donde los ciudadanos podrán empaparse del espíritu de La Alhóndiga antes de entrar en el edificio, con sólo mirar a su alrededor. Verán calles con un pavimento tan especial que parecen cubiertas de alfombras, árboles en flor que sobresalen de una corona vegetal, mosaicos de cerámica y muchos menos coches que ahora. También encontrarán la fuente que siempre ha estado ahí, aunque desplazada, porque en este rincón de Bilbao todo será diferente. El centro de ocio y cultura, que abrirá sus primeras instalaciones a mediados de 2010, contagiará al entorno su apuesta por el diseño y la modernidad.
La conexión entre la plaza y el edificio no sólo será conceptual. De Arriquibar partirá un plano inclinado de gran anchura que dará acceso a la entrada principal del inmueble. De esta forma se consigue «sacar La Alhóndiga a la calle» y a la vez regenerar una zona que había quedado marginada en pleno centro de Bilbao. «Es una oportunidad única de que la ciudad conozca el diseño de Philippe Starck», destaca el concejal de Obras y Servicios, José Luis Sabas. El sello personal del artista francés impregnará toda la antesala del centro cultural, que abarca casi 13.000 metros cuadrados de espacios públicos.
Los peatones disfrutarán del cambio y los conductores tendrán que adaptarse. De las cuatro calles que rodean el inmueble, sólo Urquijo mantendrá los mismos carriles. En Iparraguirre y Alameda Recalde quedará una única vía, en dirección a la plaza Bizkaia, y Fernández del Campo, la de menos tránsito, se peatonalizará. Arriquibar dejará de funcionar así como una glorieta y pasará a ser un cruce. Pese a su privilegiada ubicación, a un paso de Moyua, la barrera del tráfico la fue dejando aislada y en los últimos años se ha convertido en un refugio para los indigentes. La llaman «el salón».
Seis zonas de estancia
La transformación empezará por elevar la cota de toda la plaza una media de 1,5 metros respecto a la rasante actual. De esta forma se acerca a La Alhóndiga y se evita que la rampa de conexión con el edificio tenga una fuerte pendiente. Todo el perímetro del recinto, de treinta metros de diámetro, estará rodeado de un talud vegetal con tres tramos de escaleras junto a los pasos de peatones, uno de los cuales será de vidrio antideslizante y tendrá iluminación. Para facilitar la accesibilidad se habilitará una rampa desde Alameda Recalde «aprovechando la diferencia de cota», explican los técnicos municipales.
Lo que ahora es una trastienda pasará a convertirse en escenario. La vegetación tendrá un papel protagonista y se elegirán árboles distintos a los del resto del Ensanche. Especies como los cerezos ornamentales, con una floración primaveral «de gran riqueza» en tonos rosas y blancos, convivirán con los cuatro castaños de indias de gran porte que han sobrevivido al deterioro de Arriquibar. En total, los espacios verdes ocuparán 385 metros cuadrados, casi la mitad de la plaza. En el centro habrá seis zonas de estancia, cada una con un diseño y un mobiliario diferente, como si fueran habitaciones sin techo.
El proyecto elaborado por Bilbao Ría 2000 con la ingeniería LKS y el estudio de Iñaki Aurrekoetxea, siempre bajo la dirección de Philippe Starck, aprovecha la capacidad expresiva del pavimento. En la plaza se usarán al menos cuatro tipos diferentes, todos ellos con protección contra los resbalones. En las zonas de estancia se trabajará con un mosaico de fragmentos cerámicos denominado trencadís, una técnica similar a la que utilizó Gaudí, por ejemplo, en el Parque Güell. Pieza a pieza se formarán dibujos como una mano tendida o dos entrelazadas para crear ambientes muy personales, pequeños espacios íntimos que se protegerán del ajetreo de la ciudad con barreras de vegetación.
La fuente que ha estado allí toda la vida se rehabilitará y cambiará de sitio para no alterar los nuevos ejes peatonales. Arriquibar será el corazón de este gran vestíbulo al aire libre, pero las calles adyacentes también quedarán bajo el influjo de La Alhóndiga. Starck quiere que los paseantes se sientan cómodos de camino al centro cultural, como si pudieran acercarse en zapatillas. Nuevamente juega con el pavimento para simular que las aceras están cubiertas de alfombras. El mortero impreso permite conseguir vistosos acabados que sorprenderán a los viandantes y les harán sentir que se acercan a un lugar diferente.
En la zona más próxima al inmueble se usarán dos tonos -preferentemente blanco y gris- para 'enmoquetar' la calle y dar una cálida bienvenida a los visitantes. La carretera y su entorno se pavimentarán con el mismo material pero con un acabado más sencillo, salvo en el paso de cebra hacia la plaza Bizkaia, que lucirá una decoración especial. La Alhóndiga es una obra de autor; o, mejor dicho, de autores. La urbanización de Philippe Starck enmarcará la monumental fachada de ladrillo que lleva la firma de Ricardo Bastida. Esa «muralla», como la llama José Luis Sabas, es la que le hace inconfundible.
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