
German Bustillo ha fallecido a los 57 años.
German Bustillo ha fallecido en Gabón. El vizcaíno de 57 años, cuya familia pidió ayuda al Gobierno para costear su traslado a España, padecía un cáncer de vejiga que se había extendido a los pulmones y necesitaba ser tratado con urgencia. Germán residía desde hace dos décadas en el país africano y allí el sistema sanitario es muy precario. A pesar de vender su negocio y pertenencias para costearse una clínica privada, los médicos le habían aconsejado una evacuación sanitaria urgente. La familia del enfermo carecía de recursos para costear el traslado y trató por todos los medios de que las instituciones les ayudaran. Todo fueron negativas.
«Mi padre siempre ha querido volver a casa antes de morir y no va a poder cumplir su sueño. Cada vez que hablo con él está más desanimado», se lamentaba el lunes su hijo Jorge. Lo han intentado todo, pero el esfuerzo ha sido inútil. Una semana era el tiempo «que nos han dicho que le queda para estar en condiciones de subirse a un avión comercial. Eso sí, tendría que estar atendido por un médico permanentemente», reconocía.
El Ministerio de Exteriores les denegó la posibilidad de utilizar una aeronave medicalizada. Tampoco les ayudó en su última opción. El coste del traslado junto a un facultativo ronda los 30.000 euros, una cantidad inasumible para ellos. Son ocho hermanos, «pero los mayores de edad estamos hipotecados hasta las cejas o directamente sin trabajo», explicaba otra de sus hijas, Victoria, que recorría desesperada las calles de Bilbao en busca de un milagro. «Que nos eche una mano el Gobierno vasco, la Diputación o quien sea», rogaba. Nada. Jorge se mostraba tan pesimista que decidió hacer lo único que está en su mano. Se trasladaría a Gabón para acompañar a su padre en los últimos momentos. «Su ahijada me ha dejado 2.000 euros y, en cuanto consiga el visado, cojo el primer vuelo, porque veo que lo único que le puedo garantizar es el consuelo de estar allí». Era tarde.
La historia de Germán Bustillo se asemeja a la de tantos otros que tuvieron que labrarse su futuro fuera de casa. Natural de Santurtzi, «siempre había vivido en Capitán Mendizabal», la crisis de los ochenta le obligó a mirar hacia África, donde también había trabajado su padre. Se hizo mecánico forestal en Gabón. Reparaba la maquinaria empleada para el transporte y tala de árboles, primero como empleado del Gobierno del país africano y luego con su propia empresa. «Pero como no ganaba mucho, sólo conseguía venir aquí cuando ahorraba algo, ¡y lleva cinco años sin vernos!», lloraba su hija.
Desde que su progenitor les desveló su enfermedad terminal, Victoria vivía sumida en la desesperación. «No veo la luz por ningún lado, todos los hermanos estamos igual, con una impotencia total en el cuerpo». En realidad, el enfermo ya no debió estar sus últimos días ni ingresado en la clínica privada gabonesa porque se le había acabado el dinero, «pero un amigo suyo y su mujer le están pagando las cuotas».
30.000 euros
El Cónsul español en el país africano ha estado en contacto permanente con ellos. Él fue quien les hizo llegar el informe médico que responsables de Cruces intentaron analizar para atisbar alguna remota posibilidad de recuperación. «Dicen que hay cánceres como el de mi padre que han podido ser controlados, pero el problema es su extensión. Es imposible de concretar porque entre la vejiga y los pulmones hay muchos órganos vitales que pueden estar afectados. ¡Que orine sangre de continuo no puede ser buena señal».
«Si tuviésemos el dinero no llamaríamos a nadie. Eso seguro. Y ya es triste que el Gobierno gaste un montón de dinero en devolver a inmigrantes ilegales a sus países de origen, pero no quiera saber nada de repatriar a una persona para morir en su casa», protestaba Jorge. El hijo de Germán se llegó a ofrecer a devolver el dinero del traslado «céntimo a céntimo, en varios plazos». Su único resquicio a la esperanza fue remitir a Asuntos Exteriores un completo informe de los recursos económicos con los que cuenta la familia para demostrar que no tienen los 30.000 euros.
«Nunca he estado en paro y tengo derecho a dos años de prestación que me aportarían 24.000 euros; se los doy a cambio. Que me dejen a cero. Firmo lo que sea, pero que traigan a mi padre a casa», proponía. Como última opción, incluso se plantaeron hipotecar la casa de su abuela, enferma de alzheimer, «pero conseguir los informes médicos y notariales necesarios no se logra en una semana, y no hay tiempo que perder».