Nariz dilatada, como los caballos. Mordiéndose el labio inferior y jadeando. Contador hecho rabia. Así entró en la meta de Arcalís. Su nombre en el grito de la gente. Pero no oía; sólo miraba. A la derecha. A la pantalla gigante que retransmitía la carrera. Contaba los segundos. Buscaba a sus rivales, también a Armstrong. Todos seguían aún en carrera. La televisión hablaba de Feillu, el joven ganador de la etapa, y de Nocentini, viejo líder de rebote. Pero el madrileño no escuchaba. Tarareaba números: 17, 18, 19, 20, 21 segundos. El tiempo que pasó mirando la pantalla, el margen que les sacó al resto de candidatos. A Armstrong. Los 21 deliciosos segundos de la película preferida de Contador, la que esperaba ver desde que empezó este Tour monopolizado por el americano. 21. Puñetazo al aire. Y volvió a masticar el labio.
Una semana de Tour hablando de la edad de Armstrong y resulta que el ciclista de otro tiempo es Contador. El mismo espíritu rebelde y castellano de Ocaña frente a Merckx. O el coraje de Fuente también ante el mito belga. O las tortas cruzadas por Bahamontes y Anquetil. Historias de cuando este deporte era una lucha cuerpo a cuerpo. Dorsales con magia. Brujos capaces de convertir un trozo silencioso de montaña en el primer párrafo de una leyenda.
Algo así sucedió ayer en una curva izquierda a dos kilómetros de Arcalís. Después de una etapa vacía, llena de kilómetros huecos, apareció él, el 'brujo de Pinto'. Varita mágica. Armstrong quería calma. Es un ordenador humano. La ley del ciclismo científico. Pero Contador hizo de virus invasor. Apagar y encender. Atacó a todos. A Armstrong también. Es un rebelde. En ese escaso tramo y con el viento de freno, arañó 21 segundos sobre el resto de los favoritos, temerosos todos ayer. Subió a la montaña y dijo en alto que Armstrong ya no es invencible. Nunca nadie había pronunciado algo así. Pero es que ya no quedan ciclistas que hablen como Contador.
Arcalís no sabe nada de Armstrong. En 1997, allí se descubrió la silueta musculosa de Ullrich, sentado, agresivo y lanzado hacia la cima. Olano fue su víctima. Ni Pantani pudo seguir a aquel alemán de 23 años. Entonces, Armstrong vomitaba quimioterapia y cáncer en un hospital de Indianápolis. Luego vino su era. Arcalís no la vivió. Es una montaña ajena al americano. Y ayer, cuando le vio, tampoco quiso saber nada de él. Se fijó en Contador. El Astana, el equipo donde conviven separados el madrileño y el estadounidense, manejó a su antojo la primera etapa pirenaica. Tenía un plan, dictado en inglés. El idioma de Armstrong. Dejaron hacer a la escapada de Feillu, Nocentini, Martínez, Gutiérrez, Riblon y Kern. El Astana ni buscaba la etapa ni vestir a Armstrong de amarillo. Sólo conservar su posición. Cálculo sobre ruedas.
Así se llegó a Andorra, el inicio de Arcalís. Con Armstrong blindado. Especie protegida en el Astana. Paulinho, Zubeldia y Popovych le escoltaban. La montaña silbaba. Viento de cara. La canción del miedo. «Nadie se movía, nadie las tenía todas consigo», dijo luego Contador. Ni Sastre, ni Evans, ni los Schleck. Todos maquillaban sus gestos. Que nadie sepa cómo estoy. A seis kilómetros de la meta, el líder Cancellara se apagó. Humo en el motor. «Esperaba más de mí», reconoció. En ese momento, Armstrong recogía su maillot amarillo. Su color. Líder virtual. Como si el Tour 2009 fuera la continuación de su era. Sólo Evans lanzó un destello. Contador y Armstrong lo apagaron pronto. Parecía el final de una etapa sin nada. Y no. De eso nada. «Estaba deseando que alguien atacara», aseguró el madrileño. Impaciente. Así que tuvo que ser él.
Nadie pudo seguirle
La montaña le reclamó. «No pienso privarme de nada», había advertido antes de salir. ¡Zas! Hachazo. El baile. A su manera: de pie, como colgado de los hombros. Kirchen, Kreuziger y Astarloza ya habían cedido. Evans, los Schleck, Leipheimer, Martin, Menchov, Sastre, Vandevelde y Karpets no pudieron seguirle. Lo fácil para Contador es imposible. Armstrong se quedó en el grupo a rueda de Evans. Callado. «No esperaba el ataque de Alberto», se quejó en la meta. Serio. Molesto. Incómodo. Por primera vez tenía la sensación de llegar a la estación de un tren que ya está saliendo. Con Contador despidiéndole desde la ventanilla. De momento, Armstrong llega a la clasificación general dos segundos más tarde que el madrileño. Poco. Pero propiedad de Contador, el único ciclista de este Tour que no es de este tiempo.