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ANÁLISIS

11.07.09 -

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Menuda jornada la de Ordino Arcalís. Crucé la línea de meta que no podía ni bajarme de la bicicleta. Tuvo que ayudarme un masajista, me empujo hasta el coche donde tenía ropa limpia y un bocadillo de jamón esperando. Los espectadores quizá piensen que no fue una etapa especialmente dura, pero para mí fue horrible. Y pensar que todo comenzó con unos 'rasponcitos', aparentemente sin mucha importancia...
Fui uno de los muchos accidentados el famoso día de Barcelona, en el que unos cuantos dimos con los huesos en el suelo por culpa del asfalto, resbaladizo y peligroso. No recuerdo en mis cinco años de profesional una jornada con tantos percances. Así como me fui al suelo, me levanté como un rayo. En caliente no me dolía nada. Cogí la bicicleta y arranqué a tope en busca del pelotón. Me miré todo el cuerpo y no me vi más que unas pequeñas heridas y algún rasponazo. Nada aparente y por supuesto fuera de lo habitual en estas circunstancias.
La tarde la pase en el hotel bastante bien, animado, sin molestias, pero conforme se acercaba la hora de acostarse, me empecé a sentir mal. Por la mañana me levanté como si me hubiese arrollado un tren. Me dolían hasta esos músculos que no sabía que existían... No tenía ninguna herida exagerada, pero el dolor era intenso. Bajé a desayunar un poco tocado, no tenía tanto apetito como de costumbre y comí como para un entrenamiento de 100 kilómetros, no para una etapa de alta montaña de más de 200 kilómetros. Enseguida me sentí lleno... Malestar.
No sabes cómo, pero acabas montando en la bicicleta y tratas de que acabe el día. Hasta que calientas la musculatura, las pasas canutas. Empiezas la etapa y como decimos nosotros, vas totalmente 'cuadrado'. Piensas en los 224 kilómetros que te esperan y ¡buff!... Pero los acabas haciendo. Eso sí, cruzas la meta y no puedes bajarte de la bicicleta. Mañana será otro día. Malditos rasponazos.
Rubén Pérez es ciclista de Euskaltel Euskadi en el Tour de Francia
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