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Los aficionados pueden acceder con sus coches de calle o de competición a los 20,8 kilómetros del viejo trazado de Nordschleife, el embrión de Nurburgring
11.07.09 -

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El infierno acepta visitas
Hamilton posa en una curva del 'infierno verde' entre su actual monoplaza y una reliquia del pasado. / AP
Estos días se repite la misma cantinela en los mostradores de las compañías de alquiler de coches en el radio de acción del Gran Premio de Alemania. El aeropuerto de Frankfurt no es una excepción. Cuando se desvela como destino Nurburgring, la mirada del comercial de turno se eleva hasta cruzarse desafiante con la del cliente. «Le recordamos que no está permitido rodar con estos coches en Nordschleife». En otros mostradores se intenta aplacar la posible llamada del asfalto con advertencias más serias. «Comprobaremos el estado de los neumáticos a la devolución del vehículo». Uno pone cara de póquer y hasta el aviso desafiante incide en el despertar de un deseo que tenía adormecido.
Ya en el circuito, que este fin de semana alberga la carrera alemana de F-1, un cartel junto al centro externo de acreditaciones se convierte en una llamada casi genética. «¿Vamos?». Huelga transcribir la respuesta. 22 euros por una vuelta es el único peaje que se exige para cruzar la barrera y penetrar en los confines del 'infierno verde' (grüne hölle), como le bautizó Jackie Stewart cuando los dolores de brazos y cuello se prolongaban durante una semana tras pilotar aquí. El aparcamiento no tiene desperdicio. Aquí un Porsche, allí varios BMW M5. Un Mini que se pone en marcha y adelanta camino de la salida a híbridos dotados de barras antivuelco. Sus ocupantes calzan casco. El recordatorio de la compañía de alquiler hace amago de aparecer cual arrebato de conciencia. ¡Fuera de aquí!
No se trata de un capricho sólo al alcance de quienes conducen. También se puede alquilar un 'taxi-ring' (un M5) pilotado por profesionales que seguro ofrecerá mayores sensaciones incluso que las que un conductor medio pueda percibir durante 20.800 metros de leyenda.
Un motor industrial
La barrera se eleva y por delante emergen unos metros de asfalto contorneados por conos hasta formar una chicane que corta la trayectoria de la que en su día fue una recta principal en la que se podía literalmente volar. La obra concebida como motor industrial por Adenauer como alcalde de Colonia, el famoso anillo de Nurburg, el circuito en el que han muerto más de 135 personas (deportistas y particulares), como lo pudo hacer Lauda aquel fatídico 1 de agosto de 1976 cuando en la curva Bergwerk se quemó vivo, se abre a la prueba de EL CORREO.
Durante diez minutos las sensaciones se suceden. Lo mismo emerge de la nada la bajada Hotzenbach (17% de desnivel) que aparecen tras una curva ciega los carruseles de Caracciola y del Cisne. Se podrían definir como los ángulos interiores de un óvalo. Se trata de tirarse a ellos para buscar una salida a su conclusión con las cuatro ruedas despegadas del firme. Como sucede después en badenes como el Flusplatz, que bien podría pasar por un tramo de montaña rusa. Lo malo es que una vez saltado lo mismo aparece un descenso en eses del 11% de pendiente que una especie de sacacorchos hijo de la misma madre que el engendrado en Laguna Seca.Y más curvas. Brunchen, Pfanzgarten... hasta unas 170.
Alguien hace señales de moderar la velocidad camino del kilómetro 12, cerca de donde Lauda fue devorado por el fuego. Varios coches parados sobre la hierba, una moto destrozada y el que se supone era su jinete tendido en el suelo, inerte, a la espera de una ambulancia. El sobresalto dura lo que un suspiro, el lapso que necesitaron dos Porsche siameses para alejarse en lontananza. De nuevo hay que incluir a los retrovisores en la atención. Otros dos coches indefinibles, deportivos, llegan a la greña. Uno entra cruzado y sale... imposible definir cómo. Pero lo hace. Este sobresalto ya dura un poco más.
Como lo hará el recuerdo de, quizá, el único trazado mítico que queda en Europa de los albores del motor de competición. Las pintadas se suceden como las curvas ciegas. En una de ellas figura una máxima imprescindible: 'Do or die' (Hazlo o muere). Hecho queda.
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