No abandonéis el templo sin hacer una oración por la paz y la concordia», aconseja un letrero situado en la puerta principal de la basílica de la Virgen del Pilar. Sólo unos metros más allá, dos bombas adornan la pared más próxima a la imagen de la patrona de Zaragoza. Los visitantes achinan los ojos. No terminan de creer lo que ven, así que se acercan. Una placa les informa de que se trata de dos de los tres artefactos «arrojados contra el templo el 3 de agosto de 1936». No llegaron a explotar. «Fue un milagro de la Virgen, no quiso que pasara nada», comenta María Galán, una octogenaria vecina de La Pilarica, a la que visita todos los días porque «soy tan devota que, si pudiera, aquí viviría. Claro que fue un milagro», insiste.
José Antonio Aguilera es maño, pero emigró a Navarra hace décadas. Está de paso en Zaragoza y en completo desacuerdo con María. «Tengo fe, pero eso no me lo creo. No explotaron porque no tenían carga». Queda muy claro. No le gustan nada los adornos con forma de proyectil y, menos aún, dentro de un templo. «Como cristiano, me parece que no deberían estar en una iglesia porque son instrumentos de guerra».
Galán y Aguilera son dos ejemplos de la polémica que cada cierto tiempo resurge en la capital aragonesa sobre si es oportuno o no seguir mostrando los torpedos que, según la historia oficial de la etapa franquista, un avión republicano arrojó sobre El Pilar. La autenticidad de esta versión está en entredicho. Para algunos historiadores, se trata poco menos que de un engaño del bando insurrecto para desacreditar al ejército de la República.
Silencio eclesiástico
La Iglesia no opina. Se limita a mostrar las dos bombas, situadas debajo de las banderas de Haití, Costa Rica, El Salvador, Perú y México. Y es que las enseñas de todos los países de Iberoamérica cuelgan de los muros que rodean la capilla de la patrona de la Hispanidad. Un poco más abajo, una segunda placa, con un lema del todo incomprensible en estos tiempos: «Por la Virgen, por el Papa, por la Patria». Y sigue: «La Adoración Nocturna Española celebró su primera vigilia de peregrinación nacional en esta casa angelical». Fuera, en la plaza, una pequeña cruz sobre el pavimento muestra el lugar donde se estrelló el tercer torpedo, que no se conserva, pero que tampoco debió causar daños.
Los prodigios son connaturales al Pilar desde sus orígenes milenarios. De hecho, la leyenda explica que el templo se alza sobre el lugar que la Virgen, antes de su muerte en Jerusalén, eligió para aparecerse «en carne mortal» a Santiago, que se encontraba en la vieja Cesar Augusta para predicar la palabra de Jesús. Como las fuerzas del apóstol flaqueaban ante la dureza del corazón de aquellos lejanos zaragozanos, María -rodeada de ángeles- vino a España a reconfortarle, le entregó un pilar de jaspe como símbolo de la fortaleza que debía tener su fe y le encargó levantar un templo en ese mismo lugar. Dos mil años después, peregrinos de todo el mundo hacen cola para besar un trozo de piedra. Con total naturalidad.
Un militar americano
«Es que se necesita creer en algo», dice Jesús R. Castillo. Su nombre y apellidos no pueden sonar más españoles, pero es un californiano hijo de mexicanos. Castillo no tiene inconveniente alguno en intervenir en la discusión sobre las bombas. «¡Quién sabe por qué no explotaron!». El turista americano, que estuvo destinado en la base militar de Zaragoza a mediados de los años ochenta, contesta así a Ana López. Esta madrileña sostiene que si no explosionaron fue porque eran de pega. «Soy militar y te digo que muy pocas bombas no tienen carga», le replica.
Y como no hay dos sin tres, con Jesús R. Castillo llega el tercer milagro del Pilar. El chicano se presenta como miembro de la defensa de Michael Jackson en el juicio por pederastia. «Fui uno de los investigadores privados del abogado Thomas Mesereau», asegura. Ante la incredulidad de la periodista, tira de teléfono móvil y muestra una colección de fotos en las que aparece con el letrado que consiguió exculpar al Rey del Pop de los cargos de abuso sexual a menores.
Aún afectado por la reciente e inesperada muerte de Jackson, Castillo recuerda al cantante como «una persona que quería a los niños como yo quiero a mi nieto. Nunca cerró una puerta cuando estaba con ellos en su rancho de Neverland», rememora.
Pero el detective tiene prisa, así que busca en El Pilar la bandera de México para mostrársela a sus tíos septuagenarios, quienes visitan por primera vez el templo barroco. «Son muy católicos», comenta. «¿Las bombas? Es algo curioso. ¿Milagro? ¡Qué más da! Lo que de verdad importa es creer en algo».