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Sociedad

RÍO SE LA JUEGA

El presidente brasileño, un hombre hecho a sí mismo desde la pobreza, ha montado a su país en el tren del desarrollo con tesón y moderación
11.10.09 -

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Con paciencia y un gran poder de persuasión, pero sobre todo convencido de la enorme potencialidad de su país, el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, fue el artífice de la conquista. El Comité Olímpico Internacional eligió a la ciudad de Río de Janeiro como sede de los juegos de 2016 y por primera vez esta competición se celebrará en Sudamérica, la región que adoptó a Lula como una suerte de hermano mayor. Sus colegas de Argentina, Colombia, Chile y Venezuela lo llamaron admirados para felicitarlo. Los prejuicios habían sido derribados.
La designación de Río representa un broche de oro para la carrera política de Lula, que tras dos largas administraciones dejará a Brasil a fines de 2010 a las puertas de convertirse en una de las primeras potencias del mundo en desarrollo, sobre todo en materia de energía y alimentos, los grandes temas del momento. El presidente, de origen muy humilde, demostró ser un visionario y, tras mucho predicar sobre la grandeza de su país, comenzó a ser tomado en serio. «En 2016 estaremos entre las cinco o seis mayores economías del mundo», prometió, y ya pocos lo dudan.
El impulso al etanol -el combustible elaborado a partir de la caña de azúcar-, el hallazgo de inmensas reservas de gas y petróleo frente a las costas, la reducción de la brecha entre los extremos sociales, todos fueron logros de su gestión. Como pocos antecesores, Lula consiguió devolver a los brasileños la confianza en sí mismos.
Pero además, con él Brasil se proyectó hacia el mundo. Entre sus pares sudamericanos, el presidente brasileño es como un vocero siempre dispuesto a mediar en los conflictos bilaterales y ante los países desarrollados es un predicador sobre la necesidad de mirar hacia la nueva América latina, la región que tiene al propio Brasil como uno de los principales inversores extranjeros.
Sin embargo, es en el escenario mundial donde Lula logró que su país-continente, de casi 200 millones de habitantes, gane un lugar que nunca antes había tenido junto a los grandes emergentes como China, India o Rusia, con enormes territorios, gigantescos mercados y buen ritmo de crecimiento económico. Esta semana, Lula asistió a una cumbre en Estocolmo entre Brasil y la Unión Europea para acordar posiciones de cara a la cita de cambio climático de diciembre en Copenhague. Lula, que no rehuye ningún desafío, dejará a su país allí, entre los grandes.
Adolescente analfabeto
¿Quién hubiera pensado que aquel pobre adolescente analfabeto, que dejó el mísero Nordeste para emigrar con su familia a Sao Paulo, y que luego trabajaría como obrero metalúrgico, llegaría a ser elegido dos veces presidente del país más grande de América Latina para terminar su mandato cosechando un logro tras otro? Nadie lo hubiera pronosticado. Ni él mismo. Quizás por eso no pudo contener la emoción y las lágrimas al escuchar el nombre de Río de Janeiro de boca de Jacques Rogge, del Comité Olímpico Internacional.
Después de intentarlo sin éxito dos veces, Lula ganó la presidencia en 2003 como líder del izquierdista Partido de los Trabajadores que él mismo había contribuido a formar. Para sorpresa de sus críticos, el líder sindical devino en un presidente moderado ya en su primera Administración. El país creció y la inflación se mantuvo bajo control. Se lanzaron programas de inclusión social, principalmente la beca-familia, que permitió transferir dinero a más de 11 millones de familias pobres bajo la condición de acreditar que los niños fueran a la escuela.
Gobernó hasta fines de 2006 y a pesar de algunos escándalos de corrupción que costaron el puesto a algunos de sus principales colaboradores, fue elegido para un nuevo mandato que culminará el 1 de enero de 2010. En esta segunda gestión, los planes sociales comenzaron a mostrar sus frutos. Según la Fundación Getulio Vargas, los más pobres pasaron del 46 al 32,5% entre 2004 y 2008 y por primera vez la clase media superó la mitad de la población, al pasar del 42 al 51,8% en el mismo período.
En este contexto, la empresa petrolera mixta Petrobrás descubrió en el Atlántico unas reservas millonarias de petróleo y gas que harán de Brasil una de las primeras potencias del mundo en materia de hidrocarburos. Para explotarlas, el Gobierno lanzó un ambicioso programa de desarrollo que permitirá a la industria naviera dar un salto.
Preparando el relevo
Según una encuesta realizada por el instituto Ibope en setiembre, el 69%de los brasileños aprueba la gestión de Lula y el 81% considera «positiva» su imagen, un nivel de adhesión impensable para un presidente latinoamericano que lleva casi ocho años gobernando.
Ante este nivel de popularidad, muchos colaboradores tentaron la posibilidad de forzar una reforma constitucional que permitiera un tercer mandato consecutivo. Pero Lula se negó. Prefirió ser el gran trampolín de la candidata a sucederlo: su jefa de Gabinete, Dilma Rousseff, que a pesar de tener mucha menos popularidad es considerada el cerebro de la política de desarrollo que dio tantas satisfacciones al presidente.
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