Siempre mantuvo un matiz melancólico en su mirada, hasta cuando perseguía suecas en calzoncillos. José Luis López Vázquez era un cómico triste que se guardaba el sentido del humor para los personajes. «No practico la simpatía, no voy por el mundo diciendo aquí hay un actor gracioso». Siempre ha estado ahí. Siempre con cara de llevar corbata. Y hasta sus apellidos parecían insistir en lo común de su persona. Ideales para un gris funcionario con manguitos o el recluta que escucha su nombre en formación. Aquel hijo de Quintanilla, «el de la serrería», que se pasaba todo 'Plácido' quejándose; el padrino búfalo abrazado a Chencho en 'La gran familia'; el desbordado inquilino de 'El pisito'; el hombre del 600 que acabó encerrado en una cabina de teléfonos.
«Se va uno de los actores más grandes, una de las patas de la mesa del gran cine español junto con Fernando Fernán-Gómez y Pepe Isbert», lamentaba el presidente de la Academia, Álex de la Iglesia. Los tres pertenecían a la memoria sentimental de un país que ahora parece renegar de su cine. López Vázquez era ese señor con bigote, perennemente cabreado, que aparecía en casi todas la comedias populares y que un buen día se destapó como el gran intérprete que siempre había estado ahí. Un cómico serio que ayer murió a los 87 años en su Madrid natal a la una y media de la tarde. Le acompañaba su «amor tardío», la actriz Carmen de la Maza, a quien dedicó el Goya de Honor en 2005.
Nunca rechazó un papel. Nunca supo explicar su método interpretativo. Cuando se le halagaba comparándole con Jack Lemmon en Estados Unidos, con Alberto Sordi en Italia, el hombre que mejor ha encarnado al españolito de a pie bufaba: «Detesto al español de clase media que pretende ser otra cosa, que yo tanto he representado. En las comedias del desarrollismo hacía de seductor, pero me daba mucha vergüenza porque sé que hago el ridículo». Gesticulaban sus caricaturas y se intuía, como en 'Plácido', un sustrato de amargura, reflejo de la grisura de aquellos años.
Según IMBD.com, la 'biblia' del cine en Internet, José Luis López Vázquez participó en 259 películas y series de televisión. Paco Rabal sostenía que trabajaba tanto porque tenía que mantener a tres mujeres; el mismo año podía aparecer en 'La colmena' y 'El fascista, doña Pura y el follón de la escultura'. «Todas mis películas las considero serias, y si tengo que elegir una entre todas ellas a lo mejor me quedaba con la peor». Alfredo Landa recuerda en su reciente libro de memorias que en la profesión tenía fama de tacaño. Le apodaban 'el Morito'. Según Landa, cuando Manuel Summers escribió para el navarro 'No somos de piedra', López Vázquez llamó al director y se ofreció cobrando por debajo de su caché. Gratis incluso. Landa estuvo dos años sin hablarle por robarle el papel.
El propio actor reconocía que nunca había veraneado ni sido un derrochón. «¡Nada de viajar! Tan sólo algún paseíto higiénico de vez en cuando». Quizá recordaba las penurias de la posguerra, cuando este hijo de padres separados -ella modista, él funcionario de justicia- pensaba que iba a salir de pobre pintando cuadros sobre artistas de cine. Fue mecanógrafo, dibujó carteles y diseñó decorados y figurines. Ser actor de cine se le antojaba una quimera: «No tenía el físico adecuado, era una persona mínima, insignificante».
A los 24 años debuta en el María Guerrero y recorre España con las compañías de Alberto Closas y Conchita Montes. En 1951, un recién licenciado del Instituto de Cinematografía le convence para que haga un papel de dependiente en su primera película. López Vázquez comenzó una relación con Luis García Berlanga que duró cuarenta años, de 'Esa pareja feliz' a 'Todos a la cárcel'. Al director le admiraba su capacidad de improvisación y lo que bautizó 'revolera', el quiebro final e inesperado que daba a sus secuencias. Como cuando en 'El verdugo' hace de sastre y se pone a medir la cabeza del niño. Los once títulos que rodaron juntos sirven como libro de Historia para conocer los cambios que ha sufrido este país.
'El pisito' y 'El cochecito' dieron paso a las comedias de Pedro Masó, entre ellas la memorable 'Atraco a las 3'. Mariano Ozores le emparejó con Gracita Morales en vodeviles que todavía arrasan en 'Cine de barrio'; las inconfundibles voces castizas de ambos actores y la imagen de una España que despertaba a Europa forman parte de la memorabilia pop. En 1967, Carlos Saura ve más allá del obseso gritón y le ofrece 'Peppermint Frappé'. Después vendrían Pedro Olea ('El bosque del lobo'), Francisco Regueiro ('Duerme, duerme, mi amor'), Gutiérrez Aragón ('Habla, mudita'), Antonio Drove ('La verdad sobre el caso Savolta')...
Una hija fallecida
Cuando Charles Chaplin vio 'Peppermint Frappé' le preguntó a su hija Geraldine quién era ese actor. Y eso que todavía no había admirado su contenida y emocionante recreación de una mujer madura en 'Mi querida señorita'. El mismo año de 'La cabina' (Antonio Mercero, 1972), rodó con George Cukor 'Viajes con mi tía'. Ni siquiera intentó responder a la llamada de Hollywood. En una triste ironía del destino, su última película, '¿Y tú quién eres?', viene firmada por Antonio Mercero, víctima de la misma enfermedad que acechaba a los protagonistas del filme.
López Vázquez hacía años que no aparecía en las revistas de papel couché junto a su ex mujer, la periodista Flor Aguilar, y dos niñas gemelas que le convirtieron en padre a la edad de la jubilación. No tuvo descendencia con su primera esposa, la actriz Ana María Ventura, aunque sí con Catherine Magerus, con quien no pudo casarse debido a que en España no existía el divorcio: un hijo que se dedica al cine y su hija Virginia, fallecida en 1994.
Por la capilla ardiente del actor, instalada en el teatro María Guerrero, desfilará hoy todo el cine español. Santiago Segura acertaba al recordar que la muerte de aquel señor bajito y cabreado, en la vida real agradable y cordial, supone el fin de una época.
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