Esto no se arregla definitivamente hasta que Mariano Rajoy no expulse al vicealcalde Cobo, aparte a Camps, emplace a Esperanza Aguirre a que no sea tan lianta y persuada a Gallardón de que pierda toda esperanza (con perdón) de sucederle en la dirección del partido». Casi nada. Mucho peso para Rajoy, pero ése era el diagnóstico compartido por algunos de los asistentes a la reunión del comité nacional del PP que, aunque rehuían los micrófonos, no tenían inconveniente en reconocer en privado que seguían aguardando la acción de Rajoy. Porque hoy será el día de los hechos. O eso esperan casi todos.
Ayer el presidente del PP escenificó su puñetazo sobre la mesa al decir que no estaba dispuesto a tolerar 'numeritos' como los que se habían dado en la dirección de Madrid en torno a las elecciones de la Caja y en Valencia tras el trauma del 'caso Gürtel'. Pero será hoy cuando tendrá la oportunidad, una vez que la comisión de Derechos y Garantías escuche la declaración del vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo, explicando sus intolerables descalificaciones contra la presidenta de la Comunidad de Madrid, de demostrar qué está dispuesto a hacer para que en el PP no se dé «una próxima vez».
¿Cómo piensa evitar Rajoy que los dos dirigentes de Madrid que más votos cosechan en las elecciones se sigan tirando los trastos a la cabeza, que ninguno de los dos utilice a recaderos (ya sean vicealcaldes o comunicadores) para insultarse? Y, sobre todo, que el líder del PP sepa distinguir entre quién se lleva mal con él y quién le está segando la hierba bajo los pies; que no es lo mismo. La reunión del cónclave de ayer, en la que intervinieron 25 dirigentes, recordaba aquellas manifestaciones de la Transición en las que un grupo que discurría por una calle se topaba frente a otro que iba en dirección contraria coreando consignas opuestas y, a medida que se aproximaban las pancartas de las dos manifestaciones y, minutos antes del enfrentamiento, todos gritaban «unidad, unidad». De hecho, hubo intervenciones bienintencionadas que pretendían recordar lo importante que era mantenerse unidos en tiempos de tanta adversidad.
Pero, después de conocer la intervención del propio vicealcalde de Madrid, que aprovechó la deliberada ausencia de Esperanza Aguirre de la reunión para seguir cargando contra la presidenta de Madrid, todo parece indicar que la procesión va por dentro, que la tormenta sólo se ha tomado un respiro y que podría volver a desencadenarse otro huracán si el presidente Rajoy no actúa con decisión.
Si la encuesta del CIS se hubiera podido realizar entre los votantes del Partido Popular, después de las peleas intestinas que algunos dirigentes han vuelto a protagonizar en los últimos días, seguramente que el mercurio que mide el nivel del hartazgo habría reventado el termómetro. «No hemos dado buena imagen», reconocía el portavoz Gonzalez Pons horas antes de la reunión del comité ejecutivo, «pero es la que teníamos». Después de la reunión de ayer se han apaciguado las aguas sólo aparentemente porque la tormenta se ha cerrado en falso. Hoy puede ser un día clarificador para Rajoy. Depende de él.