Cuerpos entrelazados de apasionados amantes que parecen fundirse en uno. Pechos de exuberancia desproporcionada manoseados por dedos gigantescos. Sensualidad desaforada que amenaza con salirse del marco. Pocos han sabido reflejar la lujuria como Pablo Picasso lo hizo en sus famosos grabados eróticos. Una exposición en el Museo Picasso de Barcelona demuestra que estos trabajos bebieron profusamente de la influencia de las estampas eróticas japonesas de los siglos XVII, XVIII y XIX.
«El arte nunca es casto. Habría que prohibírselo a los ignorantes ingenuos, no poner jamás en contacto con él a quien no estén suficientemente preparados. Sí, el arte es peligroso. O si es casto, no es arte». Así de contundente se mostraba Picasso cuando hacía referencia a la fuerte carga sexual que contaminaba toda su obra.
Fue en los inicios de su trayectoria artística (1900-1908) y hacia el final (1964-1972) cuando el pintor malagueño se volcó en esta temática de manera mucho más explícita. Y buscó la inspiración en estampas eróticas japonesas que coleccionaba en su estudio. Pero esta estrecha relación entre el arte nipón y Picasso ha sido apenas analizada, por ello los comisarios de la exposición hablan de «hallazgo apasionante» y «aportación inédita al conocimiento de la obra del pintor malagueño».
«Hasta ahora se pensaba que el arte japonés le había influido a través de pintores como Manet, Monet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec o Gauguin. Pero no fue así. La influencia fue directa», explicaba la comisaria Malen Gual ayer en la presentación de la muestra, que podrá visitarse hasta el 14 de febrero de 2010.
Pasión negada
La exposición ofrece un recorrido por 102 obras y 19 shunga o estampas eróticas japonesas que pertenecían a la colección privada del pintor malagueño y que se expoen ahora por primera vez. En el itinerario se establece un «diálogo abierto» entre la obra picassiana y los dibujos nipones «tanto por las soluciones compositivas similares, como por el tratamiento utilizado para describir el desnudo femenino y de explorar el deseo masculino y el acto amoroso», según detalla Gual.
Un ejemplo de ello se encuentra en la serie de grabados 'Rafael y la Fornarina' (1968) en los que Picasso, siguiendo el ejemplo de maestros japoneses como Kasukawa o Koryûsai, no muestra ningún reparo en abordar abiertamente el acto sexual. La presencia de un voyeur en los cuadros refleja al mismo Picasso, ávido de una pasión que le era negada después de haber sufrido una operación de próstata.
En la muestra se exhibe por primera vez el dibujo erótico 'Mujer y pulpo' (1903), basado en una famosa obra de Hokusai, 'Buceadora de pulpo' (1814). En las imágenes el cefalópodo envuelve apasionadamente con sus tentáculos a una mujer desnuda a quien practica un cunilingus.