Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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El martes en el Arriaga sólo se quedaron sin vender contadas entradas del gallinero, de pésima o nula visibilidad. Es que actuaba la pareja formada por el pianista de jazz Michel Camilo y el guitarrista flamenco Tomatito. El respetable observó atento sus discretas evoluciones sobre el sobrio escenario, concentrado escuchó las canciones y arrebatado explotó en bravos y se castigó las palmas al acabar numerosas piezas.
Aun considerando la dificultad de osmotizar una guitarra acústica y un piano de cola, hemos de sentenciar que Tomatito, antaño escudero de Camarón, cumplió un papel subalterno, brillando cuando en solitario dibujaba paisajes líricos y en un par de duelos de casi del final. En general, Tomatito fue opacado por el colosal Camilo, pequeño de altura, colorista de camiseta y artista ante los marfiles. Michel extrajo vida con sus dedos mágicos, veloces como el rayo, del solemne y monolítico piano azabache y llenó el éter con policromía entreverada de vaharadas latin, cumbres cultas, jazz de Broadway y barrancos flamencos.
Hubo tres tributos al tanguero Astor Piazzolla, quien protagoniza su segundo CD, ‘Spain Again’: el ‘Libertango’ inaugural, el ‘Fuga y misterio’ con sus pizzicatos y el ‘Adiós Nonino’, magistral y con Tomatito aguantando el tirón, como también logró en el tema precedente, su rumba ‘La vacilona’. El encuentro regaló tres bises y el segundo fue el ‘Angelitos negros’ de Machín, oblicuo vía free jazz, aunque tan técnico y exacto como rebosante de sentimiento.
Sureño. Marc Ford en el Antzokia
Ambiente rockista y especial el martes en el Antzokia para ver al guitarrista Marc Ford, ex Black Crowes. Al frente de un cuarteto con su hijo a la segunda guitarra y una ruda base rítmica con pinta fumaporros, Ford estiró ciertas canciones como si estuviera en una jam band y en otras optó por atacar la materia cual banda hostelera de raíces yanquis. Y tanto que yanquis, pues hasta las bases reggae resultaron elásticas vía la forma blues y sobre ellas planearon punteos hendrixianos.
Marc Ford hizo rock sureño, a veces palúdico onda Tony Joe White, otras con el embate de los Black Crowes y bastante a menudo con la pena existencial de Neil Young. Ante el sonido contundente y tal fidelidad a la tradición, el público -joven y no tanto- se dejó llevar por una marea prolongada en dos bises: el primero con guiño a ZZ Top y el otro a Chuck Berry.