![]()
ONDARRETA. Uno de los tres arenales de la ciudad, donde se han rodado películas históricas.
|
Sinopsis. La capital guipuzcoana es una película apta para todos los públicos. Una de ésas en las que al final todo sale bien: los buenos ganan, el chico se queda con la chica y los malos no saben qué hacer. El argumento se basa en el sabor decimonónico que la convirtió en ciudad balneario de abolengo a finales del XIX y en cómo ha sabido modernizarse.
Escrita y dirigida por. Entre los que han narrado la historia de Donostia se cuenta el poeta de Hernani Gabriel Celaya, quien en un poema cantó: «Esta ciudad abierta, puramente ideada. Esta ciudad no dada, sencillamente humana. Esta ciudad que siempre se quiso sin murallas y que todo lo acepta, y es bella para nada». Otros muchos más han dejado huella en la ciudad. Urbanistas arquitectos, artistas, como José Manuel Aizpurua, Joaquín Labayen, Fernando Arzadún, Juan Rafael Alday, Joaquín Oroz, José Eugenio de Rivera, Mariano Benlliure, Luis Peña Ganchegui, Eduardo Chillida, Jorge Oteiza, Néstor Basterretxea, Agustín Ibarrola, Ignacio Zuloaga, Aitor Mendizabal... Y los llegados de otras tierras, como el galo Gustav Eiffel. Al creador de la famosa torre parisina se le adjudicó el quiosco del Boulevard y la marquesina sobre las vías de la Estación del Norte. Fernando Savater ha escrito que esperaría al fin del mundo sentado en un banco de la Plaza Gipuzkoa, el lugar donde de niño aprendió a correr, a echar comida a los patos, a esconderse en los soportales en sus juegos infantiles. El guión de Donostia está por cerrar.
Papeles principales. La Concha, en cuyas aguas la ciudad contempla su reflejo mientras da la espalda a los cientos de balcones que llenan sus calles y que le sirven para asomarse a sí misma. A modo de apuntador, otros dos arenales la completan: Ondarreta, escenario de películas históricas. Y La Zurriola, una playa inventada, de fondo rocoso y fuertes corrientes, paraíso de surfistas.
Papeles secundarios. Tres solteros y un biberón: los montes Igeldo, Urgull y Ulía y la isla de Santa Clara, en el corazón de la Bahía, a donde se llega en barca. Igeldo es un nombre automáticamente asociado al parque de atracciones, el de la ‘montaña suiza’ (llamarla ‘rusa’ en la época en que se creó tenía reminiscencias comunistas), ‘el río misterioso’, la ‘casa de la risa’ y los paseos en poney. En Urgull está uno de los lugares más tranquilos de Donostia, el Cementerio de los Ingleses, donde están enterrados los soldados que murieron en la batalla de 1813. A Ulía hay que subir para ver otro San Sebastián. el que va del mar hacia el interior.
Colaboraciones estelares. El Kursaal, esos dos cubos varados en la desembocadura del Urumea, «abstractos y un tanto herméticos», dijo su autor, Moneo. Extraña pareja y extraño trío el que forman con el nuevo mercado de San Martín, un edificio a punto de abrir sus puertas entre las calles Urbieta, Loiola, Arrasate y San Marcial.
Cameos. El edificio racionalista de La Equitativa, diseñado en los años 30, donde las compañías de publicidad instalan sus paneles luminosos. En otras escenas surgen las originalidades arquitectónicas de la calle Prim. No hacer 'zapping’ en los portales 17 y 28.
Iluminación y efectos especiales. Se recurre a la gama de amaneceres y atardeceres visibles desde las terrazas del Kursaal y a las tonalidades estridentes de las discotecas de la Bahía de La Concha en las escenas de acción. Para las tomas románticas de la película, está la luz que desprenden las farolas modernistas del puente de La Zurriola. Las sombras de los soportales de la Plaza de la Constitución dan misterio a la trama. Y ciegan las miradas las velas que cada 31 de agosto iluminan los balcones de la calle 31 de Agosto. Evocan el incendio que sufrió la ciudad a manos de las tropas anglo-portuguesas en 1813.
Decorados. Si se pretende la sofisticación: Hotel María Cristina, Teatro Victoria Eugenia, Ayuntamiento o Palacio Miramar. El Aquarium y los tiburones 'Txuri’ y 'Urdin’, en las acuáticas. Los dragoncitos del puente María Cristina, los motivos marinos y los conjuntos escultóricos inspirados en los del puente de Alejandro III en París, para estampas irrepetibles. Para simular el Central Park neoyorquino, pero a lo donostiarra, se acciona el dispositivo 'zoom’ en el parque de Cristina Enea. Las heladerías del Boulevard, el carrusel en los jardines de Alderdi-Eder y el 'funi’ de Igeldo, el más vertical de España, solucionan la papeleta fuera de platós.
Caracterización de los personajes. En una joyería se puede comprar una diminuta barandilla en oro, a imagen de la que adorna el Paseo de La Concha, que suelen llevar las mujeres de la ciudad al cuello.
Versión original, y doblaje. El Ayuntamiento albergaba antaño un casino. ¡Y qué casino! Lugar de encuentro de jugadores de toda Europa: potentados, realeza, artistas y aventureros. También tuvo otro uso la Plaza de la Constitución. Llegó a utilizarse como coso taurino cuando en los 70 se demolió el coso del Chofre, en el barrio de Gros. El Ayuntamiento decidió que, para celebrar una docena de festejos taurinos al año, no merecía la pena conservarla. Construyó una barriada en el Chofre y, en tardes de toros, cerraba los accesos a la Plaza de la Constitución, alquilaba los balcones cual palcos, y listo.
Banda sonora. Ciudad de jazz, de música clásica y hasta de 'house music’. Los músicos en San Sebastián están representados por José María Usandizaga (monumento en la Plaza de Gipuzkoa), compositor de la pastoral lírica 'Mendi-Mendiyan’ y la zarzuela 'Las golondrinas’, entre otras; el entrañable Raimundo Sarriegui (en la plaza que lleva su nombre), creador de la tamborrada, los bustos del Padre Donostia y de Tomás Garbizu, el homenaje al trikitilari, el 'dj’ P3z... Para sonido ambiente, el bullicio que bares y restaurantes, en armonía, corean todo el año. Los créditos que aparecen al final del filme citan un clásico, el Etxekalte, y un recién llegado, el Hika Mika. Lugar de encuentro de gentes del séptimo arte durante el Festival de Cine es el Oquendo. Prefieren los donostiarras el Branka, el Bergara...
Gazapos. Colarse en el Hotel María Cristina es oscuro deseo de muchos. Y toparse de casualidad con el frontón, el probaleku para el arrastre de piedra, la bolera y el graderío pétreo de la Plaza de la Trinidad es la ilusión de los turistas en busca de folclore. No quedan lejos de allí los tamarices, erróneamente llamados tamarindos, unas de las 32 especies fructícolas más importantes y uno de los árboles que más resisten frente a los huracanes. No llegó a huracán, pero el temporal que azotó la ciudad en 1965 fue uno de los más fuertes del siglo. Ejercicio de 'flash-back': olas de 15 metros por encima del puente del Kursaal, las calles de la Parte Vieja quedan anegadas. Basado en hechos reales.
Tráiler. Un paseo a pie, disfrutando de la Alameda del Boulevard, que, una vez rehabilitado, se ha convertido en un cómodo espacio peatonal. Dos amigos se citan en «el reloj del Bule». Hace años que el mentado reloj del Boulevard pasó a mejor vida, pero las cuadrillas siguen encontrándose allí.
Crítica. Proclama alto y claro que San Sebastián es una ciudad de cine. Y por una vez, parece coincidir con el espectador.
Agradecimientos. A los bares de la Parte Vieja, por inventar las mil y una combinaciones a base de anchoa del Cantábrico y bacalao, las banderillas sorpresa, las tartaletas de changurro y aguacate, el matrimonio de conveniencia entre centollo y pimiento rojo, la miniatura de chipirón salteado sobre sémola tostada y crema de Idiazabal. Y una mención especial al Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Por su eterna inspiración.








