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'Hay que purgar a Totó'. Gonzalo de Castro (Actor): «No me ha ido mal, ¿no?»
El dueño del bar de ‘Siete vidas’ triunfa en los escenarios en una «sátira del matrimonio»
02.11.07 -

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'Hay que purgar a Totó'. Gonzalo de Castro (Actor): «No me ha ido mal, ¿no?»
Quería ser abogado y estudió hasta quinto de carrera, pero en el momento decisivo, «en el vértigo de tener que elegir», se tiró a la piscina de la interpretación, su «pasión» desde la adolescencia. «¿No me ha ido mal, ¿no?», pregunta. Parece que no. Con una larga trayectoria teatral, Gonzalo de Castro (Madrid, 1963) irrumpió en la serie ‘Siete vidas’ y durante seis años dio vida al dueño del ‘Casi Ke No’. Ha seguido en el teatro, ha probado el cine y está dispuesto a volver a televisión «con algo bueno». De momento, es el señor Cayetano Chitín de la obra con la que Nuria Espert debuta en la comedia, ‘Hay que purgar a Totó’. Pobre Totó.
–¿Por qué hay que purgar al niño?
–Porque está indispuesto, no hace caca todos los días y su madre, preocupada, está empeñada en hacerle una lavativa.
–¿Y qué tiene que ver el señor Chitín en todo esto?
–Es testigo del drama. Cayetano va a la casa de los señores Rebollo a cerrar un negocio de orinales y se encuentra con esta escena familiar. Todo es una excusa del autor para hablar de la burguesía y para hacer una sátira muy contemporánea del matrimonio.
–La obra es de 1910...
–Sí, pero es muy actual. Eso de que la pareja no se escuche, que no tenga en realidad nada que decirse, que cada uno vaya por su lado... Seguro que pasa en muchos matrimonios de hoy.
–Feydeau la escribió con mala leche. Acababa de divorciarse.
–Es un trabajo característico de la última etapa de Feydeau, uno de los maestros del vodevil. Pero aquí lo cómico, más que en las confusiones y gazapos, reside en el retrato descarnado de los protagonistas. Tiene un humor muy inteligente, rápido y elegante, con un lenguaje faltón. Feydeau hace una crítica feroz de la sociedad burguesa, de esa gente venida a más y sus convencionalismos.
–¿Tuviste que pensártelo mucho para aceptar tu personaje?
–¡Nada! Quería trabajar a las órdenes de Lavaudant, así que cuando me llamaron no me lo pensé dos veces. Eran él, Nuria Espert, una leyenda viva del teatro español, y un texto de Feydeau. Además, es una función muy cómoda, de hora y cuarto. Y está yendo muy bien, con lleno todo el mes y medio que estuvimos en Madrid. ¿Qué más se puede pedir?
–¿El teatro es tu medio?
–Hay que hacer de todo, ir picando. Pero el teatro es donde he crecido como ac­tor, tiene una magia particular, el aplauso no se sustituye con nada. Es real.
–‘Siete vidas’ se grababa con público.
–Sí, era como hacer una función semanal. Era un milagro de serie, con unos actores estupendos. Mira a Blanca Portillo, Javier Cámara, Amparo Baró...
–¿No tenías miedo a las etiquetas? La tele tenía entonces mala fama...
–Las etiquetas te las ponen otros, el problema surge cuando te la pones tú. Ahora tengo en proyecto volver a la televisión con una buena serie.
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