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Gastronomía

13.08.09 -

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Restaurante Antonio (San Sebastián). Un pequeño bistrot
Tomate de la huerta confitado con gambón de Palamós.
Los hermanos Royo inauguraron el Antonio el día de San Fermín de 1969 y la liaron gorda invitando a champagne helado a todo el que por allí pasó. En este bar de solera se mezclaron los primeros gin-tonics en copa de todo San Sebastián, con mucho hielo y su twist de corteza de limón; Antonio y José Luis formaron un tándem muy especial en la barra, ofreciendo banderillas formidables y los primeros montaditos.
Los nuevos propietarios, Humberto y Ramón, lo reinauguraron el día y año que murió Lola Flores, en 1995, así que cuando el barrio jerezano de San Miguel lloraba de pena, el Antonio ardía en festejos. Y en 2002 llegó el despelote, el chef Iñigo Tello aterrizó en la casa, inaugurando un pequeño bistrot que espoleó a todos los pintxos de la carta, inyectando sabrosura por todo el local y pringando paredes, suelo, techo, mesas y sillas con sofritos, estofados, no en vano el joven cocinero aprendió a guisar con Hilario Arbelaitz.
En un fogón minúsculo...
Les aconsejo papearse unos pintxos y beberse la mejor caña de Euskadi, pues Sonia y Susana la tiran mejor que en Lavapiés y Cascorro; las anchoas con pimiento están de muerte, los calamares rebozados son la bomba, el mejillón es cosa grande, el Igeldo es de tomate confitado con mendreska y la morcilla la rebozan con foie gras, que suena horrible pero está de copón de bastos.
Y abajo dan de comer, sí, al mediodía y de lunes a viernes. El lugar es un zulo del que cuelgan preciosos dibujos de Raúl Urrutikoetxea, al que se accede por una empinada escalera con la gracia accesoria de un pequeño almacén que convierten en salón versallesco del desastre cuando te dan de comer en él, que a veces ocurre si suena la flauta y el local está lleno llenísimo.
Y desde el fogón minúsculo, que es como un huevo Kinder, Iñigo, Eider y Saioa administran y empaquetan un producto irreprochable que cocinan con respeto y sentido común. Nunca faltan la gamba de Palamós y la cigala viva; tienen buena verdura y distintas setas, zizas, hongos salteados con yema de huevo o en revoltijo; siempre montan algún carpaccio bien aderezado; y de pescado les provee el amigo Iván del mercado de San Martín, que se preocupa de acercarles buenas piezas de mero, rodaballo, kokotxas de bacalao o merluza, rape, lenguado, salmonete, bonito, lubina o chipirones de potera, que encebollan o visten de luto en tinta.
Tienen chuleta de Goya, el de Tolosa, con patatas fritas de sartén y lechuga tierna; rabo de buey deshuesado al vino tinto, carrilleras, pichón asado y doña paloma, cuando en otoño sopla el viento de vuelta. Un consejo: pidan puré de patata y metan la cabeza en él, lo hacen de muerte.
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