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Gastronomía

16.07.08 -

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Restaurante Joan Gatell (Cambrills). Un héroe en los fogones
Selección de marisco ofrecida en el restaurante tarraconense.
Cuando, año tras año, la carta de un determinado restaurante no cambia, esto suele indicar una cierta decadencia y dejadez. La de Joan Gatell no ha cambiado nunca. Pero aquí, en este punto de la frase, se deshace el fácil silogismo, porque la permanencia de los mismos platos en la oferta de este luminoso local que mira al puerto de Cambrils, lejos de indicar indiferencia, significa… heroicidad. Pedrell, amigos, es un héroe. No es fácil seguir ofreciendo estos productos supremos, excelsos, insuperables, con el destructor paso del tiempo. E incluso aumentar la nómina. Fue el caso, sin ir más lejos, de nuestra última visita, con unas langostas del Mediterráneo que parecen sacadas del fondo del mar.
Sabor dulce, textura prieta, cocción depuradísima, sabrosura extrema. Un placer inusitado que ha ido creando adeptos y que le permite a Joan mantener un ritmo de unas 30 piezas por semana. Comer en Gatell es un acto impúdico, como un amor loco y prohibido que, ‘malgré tout’, nos arrastra sin remedio al más dulce de los abismos.
Cuando a uno se le presentan los dátiles de mar, hermosos, límpidos, ya sabe que no habrá lógica que nos aparte de la golosa senda. Entran las salsas, un romesco y una mayonesa impresionantes, que se disfrutan con pan o a cucharada limpia. O con las expresivas cañaíllas XXL.
En su punto
Lo sabemos, lo conocemos, pero sigue admirándonos esa regularidad, esa carta que no cambia en el sentido más estricto y genial de la palabra. Los micropulpitos, las esperdenyes… Todo es perfecto en si mismo, sin fallo en las cocciones. La materia prima marina es aquí adorada, entrando en cocina dos veces al día. No hay perdón. Pero es que, además, jamás se cae en la tentación de lo fácil. Los crustáceos (cigalas, gambas, langostinos, bogavantes) se sirven en su punto exacto, sin concesiones comerciales, y el arroz, que tomamos caldoso y también de crustáceos, es de una modernidad intachable, mezclando esencias limpias y elegantísima hechura… El suquet, la bullabesa, son baños gastronómicos.
Si hay sitio, el comensla puede acabar con un cremoso helado de vainilla (los helados se elaboran dos veces por día) y unos aéreos buñuelos, que se recrean, como toda la repostería, en un obrador propio.
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