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Gastronomía

23.09.09 -

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Narru (San Sebastián). Cocina a calzón quitado
Arroz socarrado de crustáceos con gamba de Palamós.
Echando un vistazo rápido a su discreta fachada y a los recogidos espacios interiores, podría uno pensar que pisa un bar de Tokyo, Chicago o Nueva York, hasta que se despierta de la ensoñación cuando le plantan una caña de cerveza que apaga el ardor de las piparras fritas de la barra. Señoras, señores, Narru está en pleno barrio castizo de Gros, besando el mar Cantábrico, en lugar muy gastronómico a escasos metros de la editorial Lur –que lleva años convirtiendo el papel en recetarios– y de La Confianza, esa tienda en la que muchos cocineros descreídos y decentes se proveen de chaquetillas, delantales y pantalones a cuadros para la batalla campal.
Huele a salitre en el ambiente y los últimos bisontes-poteadores de las praderas apuran en manada sus tragos antes de enfilar a casa. Por esta zona convive tan ricamente lo ‘viejuno’ con la ‘modernité’, da gusto verlos a todos compartir vermut y banderilla por el Andramari, Lagar, Aloña-Berri, Bergara, Hidalgo 56, Chofre, Bodega Donostiarra o Mil Catas, que son baretos de pedigrí grosero.
Iñigo Peña es chef aventajado que transformó el viejo bar Aitzgorri en su flamante Narru, gastó duros que no veas en su cocina mural abierta al comedor y ha conectado con un público que lo pasa teta a pie de barra y abarrota el coqueto comedor para zampar una cocina ajustada en su fondo y en su forma. Un fondo consistente en desproveerse de complejos y cocinar a calzón quitado sin pretender hacer canción protesta. Iñigo sonríe a los clientes desde el ventanal de la cocina, junto a María y David, su gente, y caes en la cuenta de que disfrutan guisando. Nada más, nada menos.
Menú ideal
La carta del Narru es deliberadamente corta, para que no se desboque el asunto. Déjense aconsejar por el chef e indiquen si tienen tiempo para largo festival o al contrario, deben poner pronto los pies en polvorosa. Apunten, ahí va el menú ideal: arranquen con alas de pollo deshuesadas y torradas con patatas, huevos y all-i-olli; sigan con el arroz socarrado de crustáceos con gamba de Palamós que rompe la pana y se aliña de olivas amargas arbequinas; aflojen el cinturón con un begi-haundi a la plancha con dulce de tomate o la mendreska de bonito a la parrilla y aparquen un rato el ‘biomanan’ con un pellizco de cerdo bien churruscado, asado en su jugo. No se priven del dulce, bordan la crema de queso atiborrada de migas crujientes de mantequilla, muy adelgazante, y su tarta fina de manzana con helado de leche es merecedora de grandes elogios, no en vano el chaval curró con Josemari Arbelaitz. El lugar está petado y conviene reservar, así que pregunten por Javier o Gure Arana cuando llamen.
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