
Argán blanco.
Es una pena que todo lo que aquí escribo no puedan verlo y comérselo en directo, pues la transcripción al folio en blanco de cualquier corrido de manjares, ni por asomo se arrima al olor, sabor y color con el que se pintan los banquetes. Y aún peor es, si cabe, la glosa de casas legendarias como la que nos ocupa, que desde 1882 ríe orgullosa y sobrevive a sus clientes y a todos los cronistas que se sentaron en su mesa dando cuenta de lo comido y lo bebido.
En el caso de este restorán, lo juro, me vendría de perlas una pantalla colgada de esta hoja de periódico para que pudieran escuchar nítidamente a Ángeles, la gran matriarca de la saga de Casa Gerardo, destapando su caja de secretos y desvelos porque disfrutarían de un peliculón memorable digno de Tim Burton con guión delirante, auténtico, vivaz y brillante protagonizado por Geli, Marta, el abuelo Manuel, Pedro, Marcos, José Antonio, Daniel y Luis.
Con los dedos
Los platillos que aterrizan sobre el mantel de este lugar son historias de una tierra empapada de salitre, de agua de mar, que es dura como el acero, indomable como la grasa de la sardina que algunos comemos de forma académica, sobre pan y con los dedos; los Morán son exquisitos y la subliman dibujándola con leche requemada, obteniendo una sardina ‘lunar’ de singular finura, ¿van pillando el punto?
¿No me creen? Vayan, vean, cómanla y tráguense el mar. Empiecen por los aperitivos de la casa, sorbo de manzana y ron, bocadillo crujiente de quesos asturianos, croquetas de compango y anchoa con queso en aceite. El asunto se pone serio con la ostra embarrada en café y whisky, platazo digno de comandante Cousteau al timón de su Calypso, le daría un pasmo si la probara antes de otra joya submarina, la navaja con aceite de almendras.
Pondrán cuerpo en tierra con el argán blanco o la resina en el plato, qué-sabor-tendría-un-árbol-si-nos-lo-jamáramos, un aliño de nabo daikon y espárragos que saben a zumo de árbol recién exprimido, con todas sus vitaminas y minerales. Otra vez el agua. Zambúllanse en crema fría de fabes con anguila y averigüen cómo saben los océanos si se los dieran concentrados en dos sorbos, uno, de hígados de salmonete tibios con lechuga de mar y, dos, de centolla con sus cacas y patas licuadas. Aún queda. Ventresca de bonito con su piel, guarnecida de verdín-de-roca-trampeado-con-calabacín-que-sabe-a-mermelada-del-nautilus, ¿entienden ahora los límites de la escritura?, salmonete con crema de patata o bacalao con papada que también han de probarse.
Y llegará su majestad La Fabada de Prendes con mayúsculas, vestida de albero y grana, mantecosa, sólo los valientes son capaces de tocar el guiso tradicional y llevarlo de regreso al futuro. Terminarán cogiendo una manzana 100% del frutero mágico, que desgrasa y prepara para la crema de arroz con leche mecida en su fuente, aunque lo mejor del postre se lo comen en cocina: son los posos de la olla de arroz recién hecho. Bandidos.