Éxito el miércoles en la sesión extra del Bilbaína Jazz Club, pues aunque faltaron bastantes socios habituales, abonaron los 18 euros de la entrada especial numerosísimos espectadores esporádicos. El ambiente reinó tan excelente que Pablo, el camarero dicharachero, nos invitó a una ronda (¿en total bebimos cinco?), Pato quiso reservar mesa para cenar uno de estos días venideros y el que suscribe, impactado, intentó amistar con una doble de La Divina, una beldad morena y formal con pelo recogido en cola de caballo, ojos curiosos, expresión inteligente, vaqueros y jersey ajustados y pendientes elegantes. Uf, esperemos que no lea esto la churri...
A lo que íbamos: tenía tirón el trío oficiante, el Colina-Díaz-McGill Trio, contrabajo, piano y batería que ejemplificaba el formato de jazz clásico. En sus dos pases se respiró el jazz de altura en la privilegiada distancia corta y los tres instrumentistas dejaron constancia de su virtuosismo, imaginación y conjunción: el trío se lució magistral, sin atriles ni nada similar, con McGill mirando al infinito y escondiendo la bebida en una repisa tras el tablado.
Molesto
De los dos largos pases, pareció mejor el primero por más concentrado, con mejor repertorio (a pesar de la adaptación del ‘Day Tripper’ de los Beatles, grupo al que tanto se le revisita en el jazz suponemos que por motivos sentimentales de los artistas y comerciales para con el respetable) y quizá hasta con más inspiración. En él, el contrabajista Javier Colina (Pamplona, 1960), el pianista Mariano Díaz (Buenos Aires, Argentina, 1969) y el baterista Guillermo McGill (Montevideo, Uruguay, 1965) desplegaron sus solos perfectamente integrados en las piezas (en efecto: no se trataba de insertos bruscos para los lucimientos ombliguistas) y sobre todo descolló la labor a los marfiles del porteño, quien aceleraba y se refrenaba, nunca perdía el swing, arropaba en las baladas e incluso contribuyó a expandir el éter en versiones del gran Thelonius Monk (un par de ellas presentaron). El segundo pase, lo dicho, resultó menos chic y algo irregular y en él destelló el ‘Caravan’ de Ellington un poco a lo Michel Camilo.
Aparte, nos reímos con las palabras de Camino (“de verdad que agradecemos que hayáis venido esta noche, víspera de fiesta, con todas las ofertas culturales y hosteleras que hay”) y nos carcajeamos cuando Mikel Oteiza, el líder de los roqueros bizarros El Paso Killers, reconvino a Gorka Reino, el capo del club de jazz, por hacer tantas fotos. Que le molestaba la visión y la audición, le recriminó. Jua, jua...