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MÚSICA. EL BAFLE de Óscar Cubillo

El pianista dominicano Michel Camilo centrifugando jazz sublime en el 33 Getxo Jazz (3 de julio)
06.07.09 -

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Al pianista dominicano Michel Camilo sólo se le puede achacar un gusto dudoso en la elección de sus camisas. Todo lo demás en él es formidable, colosal... Prodigioso. Sublime. Lo volvió a demostrar el viernes en la plaza del Biotz Alai, donde el jazz explotó exultante, constantemente virtuoso, de una excelencia todotiempo que nos dejó con la boca abierta y provocó cerradas ovaciones del respetable. El miedo era: ¿repetirá Camilo la magia de su bolo en 2002, que también agotó las entradas y acogotó al personal? Lo repitió, vive Dios, y se lo pasó genial impresionando a la audiencia, interactuando con sus dos escuderos (contrabajista cubano y baterista californiano) y pulsando los marfiles como un maestro... sin igual, ya fuese mecanografiando escalas vertiginosas o aporreando el piano con golpes secos de timbres agudos.
100 minutos, 11 piezas y dos bises de pasión sin límite se gozaron el viernes en el 33 Getxo Jazz. A solas, en algunos introitos, Camilo dibujó blues como un Memphis Slim de otra galaxia y garabateó el ragtime como un ángel bajado del Cielo para revelar los cánones, y de seguido el trío se disparaba inspirado, en gracia y engrasado. El agradecido, afable y empático Camilo pulsaba descargas boogaloo entre Santana y la Fania, el baterista le replicaba con los recursos de Stewart Copeland, y el contrabajista sostenía el tsunami con maestría pareja. Eso era un titilar constante de emociones, una montaña rusa de jazz centelleante, una fórmula química perfecta entre el trabajo (las cuatro horas diarias de práctica de Camilo), las musas (de todos los campos, también los cultos) y en entusiasmo (que no se le amustia al dominicano: se le nota en el rostro).
Parece increíble que semejante tormenta de notas le quepa en la cabeza a una persona y las exprese a través de sus manos como colibríes. Ninguna nota sobró, ni siquiera las melódicas cuando se debía dosificar fuerzas arriba y debajo del tablado. Michel Camilo centrifugaba musica magnífica y sus dos escuderos, perfectamente compenetrados, le seguían el ritmo y le devolvían todas las bolas, pues el mérito también fue suyo. Y así, de la espiral minimal a las carreras boogie, de los marasmos románticos a las alegrías latinas, de las versiones de Ahmad Jamal ('Poinciana') y John Coltrane ('Giant Steps') a los combates progresivos, los cien minutos extáticos del viernes permanecerán en nuestra memoria... por siempre. Amén.
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