Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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Dudando si sobreviviremos a la nueva legislatura zapateril (hala, otros cuatro años pidiendo permiso a los camareros para comprar tabaco) el martes acudimos con prevención al FNAC para ver al bluesman Matt Harding presentando su álbum ‘Hello Africa’, cálido a lo Taj Mahal y editado por su amigo donostiarra Mikel Azpiroz en el sello Mamusik. Si no nos convencía su oferta en solitario, no escribiríamos, ¡pero hasta nos gustó! Hizo blues, soul y funk con complicidad y cercanía, y atrajo a numerosas damas. En la primera fila se alineaban sentadas cinco chicas (la que más me gustó fue la de la camiseta de Corto Maltés y creo que lo notó; y no me estoy declarando, ¿eh?).
A todas ellas (y ellos, acostumbrémonos al lenguaje del cuatrienio que nos amenaza) gustó el bueno de Matt, un fornido y barbudo nativo de Utah vestido con vaqueros ajados de dobladillo minero, cómodos botines, camiseta verde, vieja bufanda azul atada al cuello y gorra militar. “Muy charro”, que diría la churri. Pero su estética desastrada no fue tara en su actuación, aun más próxima pues Matt domina el castellano y explicó algunas canciones. “Buenas noches”, se presentó a las siete de la tarde, y en 34 minutos tocó ocho temas, todos del CD.
Picarona
Abrió muy caribeño con la vivificante ‘Ain’t Nothin’ Better’, encadenando a Taj Mahal con Corey Harris y Justin Townes Earle mientras él no perdía la sonrisa y mantenía el ritmo soltando taconeos. La segunda, ‘Waitin’ For The Plane’, muy soulera, llegó cálida vía Richie Havens. Luego dijo que ‘I Will’ es versión de los Beatles (sonó a pop al capricho del Macca casero) y seguidamente se puso las pilas con el rocanrolito en plan Canned Heat ‘Let Love Do The Rest’.
Entonces, el bluesman trotamundos tornó la extroversión simpática por el trance introvertido en dos piezas con una guitarra Martin a la que frotó la slide: ‘Shangai’, un blues donde cuenta que no ve el cielo por la contaminación y remite al lúgubre John Lee Hooker (Matt vivió años en esa urbe china donde se ganaba las habichuelas tocando en clubes), y su adaptación de ‘CC Rider’, templada según la escuela de Keb Mo’ y Guy Davis, negros renovadores del blues desenchufado.
Para las dos últimas Matt recuperó el talante contento: ‘There Must Be Love’ fue soul-rock a lo cantautor indie tipo Ben Harper, y en la pícarona ‘She Don’t Know (What She Wants)’ cosechó coros antes del adiós. Y Matt se despidió informando que había discos a la venta. “Puedo firmar y lo hago bien”, apuntó.