El trip hop, en 90 palabras
Third
(Island/Universal)
Portishead reaccionan diez años después contra las claves de su éxito. Los graves profundos, el aire cinemático y la emotividad melódica quedan como rescoldos en este triturado de rock tenebroso, folk futurista, electrónica retro y saturación.
La geografía del pop del cambio de milenio pasa sin remedio por Bristol, portuaria urbe británica con un pasado musical muy a tono con su carácter multirracial. Allí implosionó en la primera mitad de los 90 el trip hop. Su mezcla de patrones de dub y hip hop ralentizado, soul futurista y electrónica cálida afloró gracias al crucial ‘Blue Lines’ que Massive Attack alumbró en el 91 y se popularizó definitivamente tres años después gracias a Portishead y ‘Dummy’, debut que añadió a los ingredientes conocidos fragancias de jazz nocturno, aromas cinéfilos, sampladelia retro y el blues melancólico de la voz de Beth Gibbons.
En la trastienda de ambos trabajos estuvo Geoff Barrow, programador y cerebro en la sombra de trío bristoliano que, junto con Beth Gibbons, completa Adrian Utley, productor y guitarrista de jazz que se dice tocó con Art Blakey. El debut de Portishead no vendió demasiado, pero su impacto fue tal que el trip hop devino en una fórmula de sonido ambiental, casi muzak de supermercado para indies y pijos, lo mismo que Barrow dice hoy del cotizado productor Mark Ronson. «Nuestro sonido se trivializó tanto que nos convertimos en un grupo para yuppies, un cliché, una etiqueta, un monstruo del que había que escapar».
Geoff no tiene muy buenos recuerdos de su secuela homónima ( el «odioso» ‘Portishead’), que tardaron tres años en alumbrar debido a su obsesión por no repetirse ni recurrir a los samplers. Se comenzó a hablar de grupo sobrevalorado, pero hasta los más críticos tuvieron que plegarse ante el hermosamente triste directo con la Filarmónica de Nueva York ‘Roseland NYC Live’, de 1998.
Entonces no lo parecía, pero Portishead estaban hartos de su propia música, de llevar el cetro del trip hop. En una posición por la que otros matarían, cortaron por lo sano. Tras un tiempo de cierta abulia, comenzaron a dar síntomas de vida, pero no confirmaron su resurrección hasta finales del año pasado, en vísperas de su labor como programadores del festival All Tomorrow’s Parties, donde presentaron algunos de sus nuevos temas. «Conociendo nuestros caracteres, sabía que costaría, pero que acabaría saliendo algo que valdría la pena y que no se parecería a nada de lo que hacíamos hace una década», ha dicho Barrow a propósito de su disco de retorno, ‘Third’, cuyo tono anómalo y enfermizo atribuye a una Beth Gibbons que sigue sin hablar.
‘Third’ aporta una nueva banda sonora sombría para el Bristol del nuevo milenio. En una primera escucha, sus canciones abstractas y agresivas llevan a pensar en un suicidio comercial, pero resultan adictivas. La voz angustiada de Gibbons aporta identidad a un disco arriesgado que, en lugar del efectismo de corta y pega, apuesta por un opresivo y equilibrado batido sonoro que filtra graves subsónicos, melodías oscuras, protoelectrónica, rock alemán de los 70, guitarras atonales a lo Sonic Youth, folk espacial y ruidismo postindustrial. Ahora sólo queda esperar a su plasmación en directo en el Primavera Sound barcelonés y a la respuesta de sus paisanos estelares, Massive Attack y Tricky.