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MÚSICA. EL BAFLE de Óscar Cubillo

La roquera con raíces americanas Lucinda Williams cumplió las altas expectativas en un repleto Kafe Antzokia (14 de julio)
15.07.09 -

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Dama de alta gama, diva de la onda ‘americana’ y princesa del country, Lucinda Williams llenó el martes con bastante antelación el aforo del Kafe Antzokia bilbaíno, donde dio un concierto que cumplió por encima todas las previsiones y satisfizo todas las expectativas de hasta los fans más deseosos. Sobre nosotros se cernía el dicho taurino de ‘tarde de expectación, tarde de decepción’, pero a pesar de todo adelantamos el retorno vacacional para ver y oír en condiciones privilegiadas a una de las primeras figuras de la música yanqui, y la fortuna nos sonrió... una vez más.
La madurita roquera, escudada por un cuarteto masculino de sonido muscular y exacto, desgranó el repertorio con gesto ausente, más de narcotizada que de despectiva, y lo ejecutó sin pausas, con la facilidad con que los marines arman sus fusiles con los ojos cerrados. Agraciada por un solemne silencio del respetable (al acabar vimos entre los espectadores a músicos españoles admiradores suyos como el madrileño Quique González, el cántabro Macaya de Los Chiquitones y Los DelTonos, o a la bilbaína Pili de Gacela Thompson), la ausente Lucinda sobrevoló sobre personas e ilusiones con el piloto automático encendido y a velocidad de crucero, pero pulsando emociones y resolviendo el encuentro con una profesionalidad que sólo parecen poseer los músicos americanos (sus cuatro sidemen incluidos, insistimos).
Factura conservadora
En dos horas menos siete minutos de country rock de factura conservadora pero aliento moderno y actual, Lucinda interpretó 23 piezas después de que un miembro de la organización recordara que la diva pidió que la peña no fumara (muy bien), tirara fotos sin flash (ya hay colgados en YouTube vídeos del acontecimiento) y bebiera en vasos de plástico, “que las botellas están mal vistas” (“pues que cuelgue una red, como en América”, replicó Tsustas, seguramente recordando la primera película de los Blues Brothers, 'Granujas a todo ritmo').
Resumiendo exageradamente podríamos concluir que sus canciones cursan en la onda de Steve Earle (el country rock contemporáneo), Dwight Yoakam (el ambiente de honky tonk) y Bruce Springsteen (algunos finales con guitarras cortantes). Y enumerando algunos títulos podríamos percibir más reflejos muy bien asimilados, como los de Johnny Cash en formato boogie (‘Can’t Let Go’, con buena voz nasal de la Williams), la balanceante ampulosidad country de Buck Owens (‘Well, Well, Well’), el rock americano vía The Del Lords (‘I Lost It’), una balada blues tan cool como las de Johnny Adams (‘Tears Of Joy’), el éter compartido con Chris Isaak (‘Blue’, ‘Little Rock Star’), soul celestial (‘Fruit Of My Labour’), rock personal que la iguala en deje sobrado a Chrissie Hynde, una figura paralela a ella en la escena más roquera (‘Drunken Angel’), guiños a Neil Young (‘Real Life, Bleeding Fingers And Broken Guitar Strings’), y por las postrimerías versiones como la susurrante en plan Cowboy Junkies ‘It’s A Long Way To The Top’ de AC/DC o, en el único bis, el ‘Angel’ de Jimi Hendrix. Y más o menos así fue una de las citas del año que muchos cincelarán con gran relieve en su memoria.
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