Fruto de la frenética actividad de conciertos albergada en Bilbao, el sábado coincidieron en actuar a la misma hora y separados por unos 300 metros dos nombres del power-pop americano con tirón entre la misma porción de la afición: los Posies en el Bilborock y Paul Collins en El Balcón de la Lola. Como Collins vive en Madrid, nos decantamos por los Posies, que recreaban su disco más exitoso, ‘Frosting On The Beater’, editado hace quince años. Y vaya chasco, oigan. Qué vergüenza pasamos por haber recomendado a la maja Mati que acudiera a los Posies. "La verdad es que debería haber ido a Paul Collins", nos comentó amablemente antes de acabar el bolo. ¡Glups!
El grupo de Seattle abdicó de todo mínimo exigible a una banda de rock: entrega y consistencia, buen sonido y ejecución... ¡Daba la sensación de que ni dominaban muchas de sus propias canciones! Ya se sabe que los Posies se disolvieron años ha entre disputas de sus líderes, Ken Stringfellow (guitarra Telecaster) y Jon Auer (guitarra Gibson), y ahora se reúnen esporádicamente para girar a cambio de un puñado de dólares. En esta ocasión la excusa ha sido la efemérides de un álbum cuyo repertorio parecen haber olvidado, especialmente el bajo y el batería, más perdidos que un pulpo en un garaje.
Mucho ruido y pocas nueces, observó Mikel, y no le faltaba razón. El irritante crepitar de lo indie se impuso a la melodía pegajosa del pop, y la cita arrancó con un sonido fatal: demasiado volumen, instrumentos sin diferenciar, guitarrazos opacos, voz ininteligible... Los Posies empezaron con los dos títulos más salvables, los dos que abren el CD: ‘Dream All Day’, pasado por un tamiz más grunge que pop debido a la suciedad sónica, y ‘Solar Sister’, mil veces superior a los Lemonheads. La cosa no se oía bien y la acústica no mejoró, sospechosamente. ¿Acaso los Posies sabrían de sus carencias y las disimulaban a base de volumen salvaje? Pero lo peor vino después: los canciones, agarradas por los pelos y ejecutadas como en un ensayo o en un bar sin público, nos llegaron vacías y el encuentro se convirtió en un hueco horrísono. En un coñazo, que diría el desafortunado Mariano.
Durante un par de temas más se sostuvo la estafa, como en ‘Flavor Of The Month’, una buena composición (por cierto, el disco también se hunde a partir del cuarto corte). Y desde entonces, la mayor parte del repertorio, que duró hora y media más larga que las cinco con Mario, fue una filfa, un fraude, a pesar de que bastantes fanáticos aplaudieran (algunos llevan la fiesta por dentro, no sé si lo pillan). Las piezas tan febles como ensordecedores se sucedían cansinamente con los yanquis valiéndose únicamente de su desgana: medios tiempos sin chicha ni concentración, aires folk electrificados, miradas al pop inglés...
Al principio los Posies hicieron el paripé de saltar al unísono, pero luego ni eso. Sólo quedó la pose de Ken Stringfellow, quien se hartó de escupir en todas la direcciones y en una de estas salpicó en la cara a una fotógrafa, que se restregó el salivazo y optó por seguir retratándoles desde un palco superior ante las risas de Oyanko, mil veces más guapa que Scarlett Johanson.
En el epílogo la basé rítmica dejó a solas Jon y Ken, éste a los teclados y aquél a la guitarra, tocaron 'Lights Out', y agradeció Tsustas: “Qué bien, un pequeño descanso para nuestros oídos”. Esperando al bis surgieron algunas diferencias entre el respetable: un tío soltó “esto es culpa de Azkuna”, el alcalde, y otro se resignó replicando al éter: “ya empezamos”. Y el bis fue otro rollo con pop sintético y americanismos falsamente enfáticos vía Bob Seger, aunque mejoraron un ápice en la despedida con ‘Ontario’, uno de sus temas redondos, muy beatle él. Pero qué rollo el concierto, oigan. Menudo coñazo. Porque íbamos a trabajar, si no, nos habríamos largado antes de acabar. Y al salir recomendó Iñaki: “Machácalos, ¿eh?”. No, sólo informamos, no nos cebamos.