Muchos aficionados temían que John McLaughlin, el guitarrista de jazz fusión que antaño capitaneó la Mahavishnu Orchestra, nos diera la tabarra hinduista filonewage el miércoles durante su actuación estelar en un 32 Getxo Jazz cuyo recinto no llenó a pesar de que la entrada era la más cara del cartel: 30 euros, precio puesto en función de su tirón. Pues eso, que algunos no acudieron a la cita pronosticando que se atascaría en un marasmo demasiado sesudo y pseudorreligioso, pero no. Como ya anticipó en estas páginas, el hacha inglés ofreció un concierto puramente eléctrico de jazz-rock, quizá en mayor proporción del segundo ingrediente. El bolo fue tan duro (empero la melodía, que siempre planeó) que un fan de McLaughlin se largó antes del bis alegando que era... “demasiado eléctrico”.
En una hora y 40 minutos, McLaughlin (espigado, elegantísimo con sus pantalones blancos y camisa naranja, aristocrático con su largo pelo cano, como una suerte de Dorian Gray que saludó al aparecer con un gesto manual oriental) y sus escuderos del trío 4ª Dimensión (un juvenil baterista negro arrebatador, un bajista sin glamour pero con recursos, más un teclista polivalente que también se levantaba para aporrear la percusión) ejecutaron nueve piezas dejándose llevar por la improvisación, a veces abandonándose a empanadas mentales que, cuando el oyente pensaba que no se iba a llegar a ninguna parte, el tema remontaba, enganchaba y hasta emocionaba.
El listado fue muy similar al de su disco ‘Official Pirate’ (07) y la velada comenzó un tanto dispersa. Se arrancó con ‘Raju’ apretando en el rock sinfónico, con solo del bajista (y ovación) y volando los teclados a lo Jarre. En la segunda pieza, ‘Nostalgia’, se tornó la cosa más etérea, más jazzie, pero sin abandonar lo progresivo y sideral y desprendiéndose un solo de flauta falsa a través de los teclados (segunda ovación sobrevenida). Antes de la tercera, McLaughlin se presentó, se disculpó por no hablar ni español ni vasco, dijo que el pueblo y la gente eran encantadores, introdujo a la banda y dio paso a la explosiva ‘Hijacked’, una de las cumbres de la sesión, montada con rock progresivo onda héroe de la guitarra tipo Jeff Beck o Steve Vai, con ráfagas de rockabilly y punteos reiterados y rockistas que le proporcionaron la primera gran ovación personal.
El resto fue un sube y baja con algunas divagaciones excesivas, pero se sostuvo el repertorio y se lograron momentos emocionantes que te removían en el asiento, momentos insertos en lentos blusoul marca GRP como podría reproducir Robben Ford (‘Unknown Disident’), empanadas a lo Santana que desembocaban en vórtices eléctricos contenidos y subidones con punteos alargados (‘Senior CS’), medios tiempos introspectivos como suele hacer Grover Washington Jr. al saxo (‘Sully’), o una improvisación que derivó hacia el rock matemático y se remató con un buen solo de batería culminado por el duelo entre los dos percusionistas (‘Maharina’).
Estuvo muy bien el concierto. Hace doce años, McLaughlin, De Lucía y Di Meola estuvieron en el Getxo Jazz, en Fadura, y no recordamos casi nada. Este bolo del miércoles tardará más en borrarse de la memoria.