De menos a más la cantidad de gente y de más a menos la calidad músical el jueves en el Bilborock durante la segunda tripleta del 20 Villa de Bilbao en su apartado pop-rock, que es que más alegrías nos dará. Y eso que la selección de grupos ha quedado muy pueblerina. Ejem... endogámica. Hay profusión de bandas vasco-navarras que hemos visto no pocas veces antes. Por ejemplo, a Simca, de Basauri, que abrieron la plancha con un rock americano años 90 eléctrico, cromado, muy gritado y bastante arreglado. En la estela de Jimmy Eat World y los catalanes Aina discurrió su intervención, la mejor del día y de lo que va de concurso.
Luego Las Culebras navarras nos decepcionaron respecto a la vez que les vimos un sábado noche en la sala Azkena. Las tres mujercitas de armas tomar colocadas en vanguardia (y apoyadas por un baterista masculino y descamisado) nos llegaron más gritonas, al desganado Pato le recordaron a Joan Jett y, en resumen, su rock setentero perdió los matices glam y hasta el poderío. Tendrían un mal día, suponemos.
Acabaron los franceses Dom Hutton, uno de los seis combos guiris entre los 30 participantes del pop-rock. Maduros, formales y con ínfulas intelectuales, líricas y artísticas, tal como esperábamos se quedaron en casi nada, operaron cual híbrido entre REM y Pavement, se notó que conocen la new wave británica, y en los momentos comerciales resonaron a Matchbox 20 y a Steely Dann. Un rollo. Venir de tan lejos para esto...
Sufijos
Ambiente de elevadas expectativas el jueves en el primer pase del Bilbaína Jazz Club, donde oficiaba la banda Shark (Tiburón), liderada por el trombonista inglés Tom Johnson y completada por dos saxos y una base rítmica gruesa, exacta y sincopada vía Nueva Orleans. Shark comenzaron carnosos como una mini big band y en 42 minutos fueron cediendo paso a los solos de los metales y a ritmos cada vez más oblicuos. Tras el arranque con groove americanófilo y telefílmico años 70 con especias de Louisiana, Tom presentó la cita con “gracias por la calurosa bienvenida, es un privilegio tocar aquí, lo hemos esperado ansiosos estos meses y esta es una gozada de banda”, y siguió la cosa con el baterista luciéndose como Stewart Copeland, las piezas recogiéndose hasta lo minimal y urbanita y mechando el aura de Nueva Orleans con free. Ah, un par de títulos tenían el sufijo ‘ritmo’.
Universitarios orates
El jueves rematamos la jornada en el Kafe Antzokia, donde un tropel de universitarios de ambos sexos gritaron como posesos las canciones expansivas de los catalanes Standstill, que ofrecieron en el mismo tablado uno de los mejores bolos de 2007. El jueves repitieron con el repertorio de su excelente álbum ‘Viva la guerra’ (Pias), en el que abandonan el posthardcore para asumir un rock tormentoso pleno de torbellinos sónicos y de vórtices orates que, paradójicamente, al ser entonado en castellano, por fin ha gustado a sus familias. Al inicio, Pato juzgó: “Esto es música de locos”. ¡Y lo dice un fan confeso de Pink Floyd! Pero no, exageraba, aunque su lírica desnuda se asoma a los abismos oníricos (a veces de pesadilla) de Surfin Bichos o Negativos. Y de esta nueva guisa, quizá con una actitud más creída que el año pasado, Standstill transitaron por el post-rock (fugaces marasmos a lo Explosions In The Sky), explotaron ruidistas (¡y eran seis, con DJ y teclista incluidos!), su postmodernismo eléctrico abrazó a proyectos vascos tipo Lisabo o Kuraia (a éstos en el bis hardcore que provocó el pogo violento de chicos y chicas) y su hora y cuarto de bolo ruló oscura, a pesar de que cantan a mañanas esperanzadas.