La calculada y serena música de Enya, con sus voces corales, sus orquestaciones célticas y sus letras entre mitológicas y espirituales, viene siendo uno de los valores más sólidos de la música popular de las dos últimas décadas. Y eso que Eithne Patricia Ní Bhraonáin, o Enya Brennan para los medios no gaélicos, está en las antípodas de las divas del pop con las que rivaliza en ventas. No se deja ver en público, no cambia de imagen, graba lo justo (siete discos de estudio en 21 años), no se relaciona ni colabora con otros artistas, no tiene pareja ni romances conocidos, no ha tocado ni una sola vez en vivo y dice escuchar sólo la música que surge de sus sentimientos más profundos. Pero todo ello no ha impedido que, a sus 47 años, Enya haya colocado más de 70 millones de discos que la han convertido en una de las mayores fortunas de Irlanda y, tras U2, la segunda artista más vendedora del país de San Patricio.
«Podría cambiar mi imagen, dejarme ver más y ser más famosa, pero nadie ha podido contestarme nunca en qué iba a beneficiar eso a la parte artística», dice. Por tercera vez en este milenio, Enya ha abandonado su apacible reclusión tras las murallas de su particular Manderley, que es como llama a Ayesha, el castillo al sur de Dublín que compró por una fortuna en 1997. Lo ha hecho para promocionar ‘And Winter Came...’, nuevo álbum inspirado en el frío invernal y las Navidades llamado a mantener los nada despreciables seis millones de copias que logró con el previo ‘Amarantine’, el disco menos vendido de su carrera.
El viento del Norte
Como una princesa élfica, entre las nieves y junto a un caballo de piedra que simboliza al dios griego del viento del Norte, aparece Enya en la portada de un disco con doce temas en inglés y gaélico. «En principio lo habíamos planeado como un disco de canciones navideñas, una época que siempre me ha encantado, pero el tema del invierno acabó surgiendo y nos pareció que sería interesante mezclarlo con algunas reflexiones sobre el paso del tiempo». Una realidad que a ella, por cierto, parece no afectarle. «Claro que sí, soy un poco más vieja, pero es verdad que aún hay en mí mucho de la Enya de los comienzos. Mantengo el mismo espíritu, pero en este disco se trata también de adentrarse por terrenos desconocidos, asumir riesgos y experimentar».
Lo que no parece cambiar es la aversión de Enya al directo, por mucho que en las giras esté hoy la pasta gansa de la música. Cantó en la ceremonia de los Oscar ‘May It Be’, una de sus dos canciones para ‘El Señor de los Anillos’, y ya vale. «He cantado en público desde niña, así que eso no es un problema. Siempre hablamos de lo genial que sería trasladar al directo nuestra música, pero dedicamos tanto tiempo a producir nuestro sonido que no quisiéramos decepcionar. A medida que pasa el tiempo, se hace más complicado».