Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
Y si has estado en el concierto puedes dejarnos también tus comentarios
El trío bostoniano The Fringe interactuando en una cita extra del Bilbaina Jazz Club (14 de mayo)
Cita extra y de luxe en el Bilbaína Jazz Club la oficiada el miércoles por el trío bostoniano The Fringe. Nosotros acentuamos la puntualidad que nos caracteriza para pillar sitio delantero y nos debimos conformar con dos asientos esquinados en tercera fila, tras argumentar el empático Pato con el saxofonista Andrej Olejniczak sobre si una de las sillas se hallaba libre (Pato, que es de Reinosa, no conocía al ilustre espectador Olejniczak, claro). Y es que había bastante expectación para catar en directo a The Fringe, que llevan los lunes de 36 años actuando (¿qué tendrán los lunes del jazz, que hasta Woody Allen prefirió no recoger el Oscar porque debía tocar el clarinete con su banda en un pequeño club?), que se los disputan los grandes del rock y del pop como mercenarios y los del jazz como colaboradores, y que en Bilbao hicieron justicia a su predicamento.
El primer pase tuvo dos piezas. La primera, de casi media hora, con los tres instrumentistas interactuando entre sí con los ojos cerrados (a The Fringe le han calificado como trío sinérgico), explorando un free con corpus, ondulación y conjunción (y ovación, por supuesto) y parcelando el espacio con pequeños solos (bueno el breve de batería de Bob Gullotti, con melodías del ‘Perdido’ el del contrabajista John Lockwood) antes de un final tan abrupto que el bajista abrió los ojos asombrado. Es lo que tiene la improvisación continua.
Invasión del baterista
La segunda pieza, filolatina, ya estuvo invadida por el baterista, que a partir de entonces protagonizaría gran parte del evento para gozo de la mayoría y distracción de la minoría. El segundo pase se basó en cuatro números, el primero también de 28 minutos, éste con subidas y bajadas, escalas raudas del saxo, solos integrados de los tres (excepto los de batería, excesivamente alargados) y más interacción.
El cuarto tema se disparó en un groove selvático que movió al baile a algunas espectadoras de la barra y que fue lo más celebrado por Pato y casi también por los músicos, pues al acabarlo el líder, el saxofonista italoamericano George Garzone, alentó con un ‘ándale’. Se relajaron los ánimos en una balada muy bluesie (el standard ‘My One And Only Love’), antes de las dos últimas ejecuciones, donde los músicos se soltaron felices, jugaron entre ellos a epatar y casi a atronar, en la penúltima con funk (y más solos de batería, por Dios) y en la séptima y última, la del bis, con Garzone presumiendo en el ‘Tenor Madness’ de Sonny Rollins.