Buena entrada el jueves en la escala bilbaína del festival itinerante Wintercase, que con patrocinio privado (el de una marca de cervezas de obligado consumo en el local) pasea por Madrid, Barcelona, Valencia y la capital vizcaína. Muchas niñas pijas y bastantes burguesitos flacurrios, desaliñados y espigados acudieron a la sala Santana 27 en mogollón de automóviles utilitarios aparcados a lo largo de gran parte de la avenida industrial de Bolueta, y todos contentos y locuaces atendieron a los tres actuantes.
Abrieron How I Became The Bom, de Murfreesboro, Tennessee, y autodefinidos como ‘baladistas armados con bayonetas’ o también como ‘Orson Welles enfundado en un traje de Cupido’. Francamente, nos preguntamos cómo en un pueblo del profundo sur yanqui (lo que en el fondo es una contradicción) pueden coincidir cinco frikis que sepan tocar instrumentos y comulguen con el mismo gusto pop.
Pasmosos y esperpénticos en su estética de proletas victorianos endomingados, los bombarderos operaron conducidos por su cantante, un Guillermo el Travieso de voz a lo Kevin Rowland que se impuso sobre un repertorio de new wave muy teclista que atracaba el legado de los Cars.
Inanes y aburridos
Inanes resultaron los yanquis, igual que los segundos de la tripleta, los británicos The Boxer Rebellion, sólo que estos cuatro además aburrieron por monocordes. Rigurosamente vestidos de negro, su lánguido cantante emuló a Bono (el de U2, no el del PSOE), a Coldplay, a Echo & The Bunnymen y hasta a los Simple Minds en una intervención que muchos criticaron por reiterativa.
Pero la mayoría de los espectadores habíamos ido a ver a los Editors de Birmingham, cuatro tíos que intervinieron con carácter estelar partiendo del derroche de luz y rematando con actitud arrolladora. Fue el suyo un set de hora y cuarto, breve pero intenso (¿para qué más?), al que se le notaron las costuras, aunque como dijo un amigo: “si el pop británico está bien hecho, atrapa hasta a los rockeros”.
A nosotros nos molan. Nos ponen cuando ponemos su segundo disco, ‘An End Has A Start’ (Pias), donde hay numerosos temas arrastradores que funcionaron como hitos de la noche. Decididos y rebosando autoconfianza, sentimentales que no afectados (o sí) y eclipsados por su cantante (de garganta similar a la de Interpol) lanzaron piezas montadas conla marcialidad de Joy Division, el oropel de Muse, la vulnerabilidad de Smiths, el glam de Suede, el éter de The Cure y el ritmo de Rapture. Un festín para sensibles.