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El miércoles el guitarrista flamígero Eric Sardinas rozó el lleno en el Kafe Antzokia. Por detrás del recinto sólo se veían tíos pero en las primerísimas filas abundaban las chicas, que no perdían detalle del estilizado sex symbol: botas de punta, pantalones pegados a sus flacos muslos, amebas, camisa colorista, chaleco, sombrero de cowboy con adorno floral frontal y morena melena rizada cayéndole por los lados. El pavo saludó con ‘hola, ¿qué tal?’ (nació en Florida y su padre es cubano), se acercó al borde del escenario y se encorvó empuñando su dobro (guitarra acústica con cuerpo de metal) con las iniciales E.S. entre los trastes y en el reverso de la caja y con un cigarrillo humeando desde el clavijero. Muy cool su estampa glamourosa, muy de verdad el blues que se marcó en solitario y muy arrollador el remate con R&R en toboganes a lo Stevie Ray Vaughan al que se sumaron sus dos escuderos: un bajista con camiseta de Jack Daniels y un baterista menudo, macarra y tatuado.
¡Vaya ovación emergió de la congregacion en pleno cuando la terminó! Eric preguntó si nos sentíamos bien, la gente gritó yeah!, y el hacha hechicero introdujo así el show: “¿Hay alguien al que guste el blues? (yeahhh!) ¿Hay alguien al que le guste el rock and roll? (yeahhhhh!) ¡Pues habéis venido al sitio adecuado!”. Y la fauna rugió, claro. Qué chulo, el Sardinas.
Efectista
En dos horas y cuarto de largo y entregado bolo (“vamos a acabar a las 5 de la madrugada”, dijo Alfredo, el dandy de Indautxu, que consiguió la entrada en la radio), Eric Sardinas espoleó de diferentes maneras al personal: inquiriendo si Bilbao se sentía a gusto, bajando a tocar entre el público (al final, con el torso desnudo y mostrando los tatuajes sudados), cediendo espacio solista a sus secuaces y ejerciendo como una estrella del heavy metal virtuoso, donde cuenta con tanto predicamento. Sí Sardinas mamó el blues y lo ha llevado más allá sin miedo ni a los efectismos (qué pena, esta vez no pegó fuego a su instrumento) ni a la contaminación de géneros más modernos, como el hard rock, las prospecciones astrales de herencia hendrixiana, el rocanrol trotón o la onda motera-caminera guay.
Pero esto no significa que relegue al olvido su raíz, pues se rindió a sus ascendientes en una revisión enfática, rocabilesca e increíble del clásico de Muddy Waters ‘Can’t Be Satisfied’, otra guapa adaptación del ‘Hellhound On My Trail’ de Robert Johnson, un blues lento académico y el instrumental ‘Texola’, en plan SRV y dedicado a los clubes fronterizos (Texas-Oklahoma) donde toca y abreva.