El jueves recuperamos el pulso al apartado pop-rock del XX Villa de Bilbao y abrieron liza en calidad de invitados Los Carniceros Del Norte capitaneados por Txarli, ex Casa Usher, Wers y varios más. El bueno de Txarli, exhibicionista convulso cuando se sube a un tablado, se entregó a fondo a un listado de rock psicótico, punk transicional hispánico y pychobilly cibernético mientras de fondo se proyectaban películas de terror clásico, desde ‘Nosferatu’ hasta ‘El resplandor’, pasando por ‘La invasión de los ultracuerpos’, imágenes que ayudaron a distraernos cuando la música devino reiterativa.
En formato trío, sin batería pero con potentes programaciones y con dos chavalillos con pintas en los laterales, los carniceros de Txarli transitaron por el gore, los zombis o el vampirismo, temática vehiculizada mediante letras de tebeo e influjos sónicos de las Vulpes, Parálisis Permanente o Espasmódicos. Nos echamos unas risas cuando preguntó el cantante: “¿Qué coño habéis tirado? ¡Un puto cartón de vino! ¡Tirad absenta, que somos siniestros!”.
La cima de la jornada y casi del certamen la pusieron los navarros On Benito, vestidos con ropa de mujerzuela salida de la película ‘La matanza de Texas’, el guitarrista rugiente con la cara pintada a dos colores y el baterista con sombrero doméstico. Sí, eran dos, no más, en plan neobluesmen blancos en tándem tipo Black Keys, Thee International Lee County Killers o unos White Stripes machotes y sin espacio para la sofisticación, pues su pócima agitó blues amplificado, algún instro roñoso vía Link Wray, rocanrol cavernario y hasta rumba. Guays.
Cerraron Hal Flavin, llegados de Luxemburgo. Empacho de Depeche Mode, atraso hasta los Nuevos Románticos de los 80, caja de ritmos y el absurdo del tedio durante 29 minutos y medio. Uuaaauuu...
Una niña
Neoyorquina nacida en 1984, la guitarrista Ila Cantor parecía una niña vulnerable y tímida con su vestidito verde la noche del jueves en el Bilbaína Jazz Club, donde ofició al frente de un cuarteto que le comió la tostada en conjunto e individualmente, empezando por el saxofonista sueco Frederik Carlquist. Ninguno perdió vista a las partituras, pelearon con la improvisación, a veces dibujaron momentos etéreos, chocaron con el free (claro), crearon poco groove y miraron a King Crimson, todo esto en los 70 minutos y 7 piezas del primer pase.