El sábado se celebró el primero de los dos conciertos que los roqueros duros británicos Motörhead han dado este fin de semana en la sala Rock Star Live de Barakaldo. Como se trataban de sus dos únicas fechas españolas, vino mucha gente de fuera. Nosotros apostamos por sumergirnos en la primera de las dos tormentas de electricidad porque nos comentaron que a Lemmy Kilmister, el bajista, cantante y líder, le encerrarían los dos días en el camerino, entretenido con una máquina tragaperras y surtido con ‘speed’ autóctono y una caja de botellas de Jack Daniels (de las de litro, tamaño aeropuerto), y temíamos que en el segundo bolo no supiera ni por donde le daba el aire.
El sábado apareció formalito, repeinado y seguro de sí mismo. Algunos opinan que Lemmy trató con condescendencia e incluso displicencia a su público, y quizá no les falte razón. Lo que es seguro es que Motörhead echaron el resto, cumplieron lo que se les debe exigir (y no como en su desastrosa actuación en el Metalway guerniqués) y los que nos peleamos un sitio delantero lo vimos a un puñado de yardas, no como en un festival, aunque debimos sortear los puños alzados, las melenas y esas cámaras fotográficas digitales que se están conviertiendo en una molesta plaga.
Motörhead operaron durante una hora y veinte minutos, saludos incluidos. Ejecutaron 16 temas, todos despiadados y a piñón fijo excepto el primero del único bis, el acústico ‘Roadhouse Blues’, un divertimento a lo Eric Clapton quiero-y-no-puedo (por el blando de Clapton, claro) con Lemmy desafinando por los costados. El resto fue caña y más caña en meditada progresión y bien recibida por los 2000 o más espectadores, casi todos tíos vistiendo centenares de camisetas negras con su bizarro logotipo y diversos lemas, tipo nuestro favorito ‘Motörhead: Rock And Roll’ o el orgulloso ‘Motörhead: England’ (para que entiendan éste, sería igual que si bajo la silueta de un aviador pusiera ‘Barón Rojo: España’).
Insignias de las SS
Sí, cumplidor y formalito salió el Lemmy, experto en la II Guerra Mundial y coleccionista de iconografía bélica que hace poco la montó parda en Alemania cuando actuó con insignias de las SS. En Barakaldo vistió botas de caña alta y lució unas muy bien recortadas y afiladas patillas decimonónicas. Saludó ronco e informó lo que ya sabíamos: “Somos Motörhead y tocamos rock and roll”. La peña bramó y la sala se convirtió en una olla a presión en la que faltaba oxígeno a pesar de que funcionaba el aire acondicionado (no suele ser extraño que empresarios desalmados lo apaguen para que la gente sufra deshidratación y consuma más en la barra; ya está todo inventado, ya ven).
Lemmy le pilló la postura al micrófono, que siempre coloca más alto que su testa, y hala, a tirar millas. Escudado por dos secuaces (el guitarrista era el único que se movía por el tablado) hizo rock, boogie, blues y protometal, ora rápido ora no tanto y más lisérgico. Lemmy pedía que sonara ‘louder’ (a más volumen) y el encuentro se convirtió al poco en algo físico, con calor humano, densidad emocional y vatios a saco expelidos por la muralla de amplificadores Marshall que se erigía sobre el tablado.
Todo rulaba espeso, áspero como su garganta, y de repente se subió un escalón y se consiguieron varios clímax. Sucedió a partir del tema 12, el rockabilly bulldozer ‘Going to Brazil’, con la peña enloquecida (más si cabía, que cupo). El 13 fue un infeccioso ‘Killed By Death’ entonado por el personal con el puño en alto. Con éste se acabó la cosa al de una hora exacta y el triple bis expidió el mentado blues desenchufado, un asesino ‘Ace Of Spades’ con Lemmy aspirando con dificultad como si deseara captar el poco oxígeno que quedaba en la sala, y el prolongado epílogo con despedida a Bilbao (no dijo Barakaldo, no), autodefinición (dijo que tocaban ‘rock & fuckin & roll’ o algo así) y el volador ‘Overkill’ con sus dos falsos finales, el doble bombo machacando y las luces parpadeando. Tras terminar de verdad la peña desalojó la sala traspuesta, agotada... feliz y satisfecha.