Dioni, Ángeles y Miguel, o sea los componentes del trío de tecno calorro Camela, ni cantan, ni bailan, ni tocan y lo disimulan en vivo con el truco de La Pantoja: mediante una sonorización turbia y ecofónica que imposibilita oírles con claridad. Aparte, denostados por doquier muchas veces sin razón (el electropop madrileño actual, ése tan pijotero y petardo, usa los mismos factores y a menudo con menos gracia y salero), a modo de reacción Camela han querido dotarse de un acompañamiento instrumental al que le sobran más miembros que a la banda de Miguel Bosé, pues aunque al tablado se suben ocho personas, casi con tres mercenarios se cumpliría la tarea, ya que se imponen los teclados, la batería aporta algo de vidilla, y bajo y guitarras abundan en el chunda-chunda.
¿Y cuál es el secreto de Camela? Las letras por ellos escritas sobre pentagramas de tecno doméstico. Esas historietas de amor y desamor que tanto les hacen ‘de sufrí’ (sic; lo dijo Miguel, el teclista), formuladas en un tono vocativo (tú y yo, por ti...), y con las que se identifica la chavalería, especialmente la femenina, como la congregada el sábado en el Rock Star Live de Barakaldo, una tormenta de hormonas que se hartó a corear con timbre agudo como si estuviera en un bolo de Alejandro Sanz (le sumas el tecno de Mónica Naranjo y te sale un sonido asociado) o de La Oreja de Van Gogh (los textos engarzados con tino melódico e injertados de una vulnerabilidad pareja a la expuesta por Amaia Montero).
Pues algo así como Pimpinela a toda pastilla (ejem...), derramando a lágrimas a raudales como supuesto síntoma de vivir y de sentir, jaleando las separaciones, los celos y la infidelidad, y sin rechazar el roce, o sea la pelea, el consciente de su suerte Dioni (Dionisio Martín Muñoz, pinta piratesca tipo Mägo de Oz, poco salero escénico, el más flamenquito del lote y dominador de un único paso de baile: una vuelta sobre sí a lo hechicero de Boney M), Ángeles (Ángeles Muñoz Dueñas, la más cool del lote, guapa, amable) y Miguel (Miguel Ángel Cabrera Jiménez, el seriote, colocado ahí arriba en plan Nacho Cano flanqueado por sus teclados) actuaron llanos y cercanos a su parroquia, a la que trataban igual que los payasos de la tele con tanto “¿cómo estáis, lo estáis pasando bien?” y con esa invitación a incorporarse a la escena a una pareja de novios para escuchar sentados ahí arriba el tema aflautado por Ángeles en plan Los Tigres del Norte ‘Has cambiado mi vida’ (subieron dos de Santander que llevaban seis años y la chavalería les gritó: qué se besen, que se besen...).
¡Cómo mola Camela!
Lo óptimo de las 19 piezas interpretadas en 97 minutos (100 contando las presentaciones de los músicos del final, sin apellidarlos) fue el arranque al viento, cuatro temas que superaron a Fangoria, Mónica Naranjo, Azul Y Negro y La Oreja: ‘No me importa pecar’, ‘Nunca debí enamorarme’, ‘Nada de ti’ y ‘Te prometo el universo’. Ya ven qué títulos. Acabaron y le dije a La Txurri: “Ya tengo el titular: ¡cómo mola Camela!”. Pero ahí se agotó la fuente, qué mala suerte.
De la misma nos adentramos en el desierto, abierto con dos baladas que enfriaron a la concurrencia: ‘La más bonita’, con sonido Bristol, dedicada a la madre de Ángeles, y ‘Desengáñate’, una oda a la libertad sentimental y social de la mujer. Seguidamente el tecno barraquero no resultó tan pujante, el corpus instrumental se tornó perceptiblemente feble y descompensado, el sonido discoteque llegó periclitado, nos abrumaron con sus “por ti, te quiero y por siempre”, hubo más victimismo orgulloso o viceversa (“ahora que pienso diferente justo ahora / soy mas inteligente que la otra / que dio todo al quererte por idiota”, cantó ella en ‘Ahora’), y Ángeles nos agasajó soltando un “que sepáis que sois la caña de España” (y la gente chilló de contenta).
En el epílogo la cosa remontó un poquito en los cuatro últimos temas con ‘Laberinto de amor’ (contenedor de nuestra frase favorita suya: “Ha sido un golpe bajo, y me ha dolido tanto, que estoy sin autoestima”), un bonus con dos cantes cañís (el mejor momento de Dioni), y el bis doble con la marítima ‘Cuando zarpa el amor’. Fue una remontada postrera que no nos hizo recuperar la buena onda inicial. Qué pena.