Cinco veces hemos visto a Springsteen, cuatro al frente de la E Street Band, y podemos asegurar que la última, la del domingo en San Mamés, ha sido la más gratificante de todas por acústica, orden y selección del repertorio (¡cuántas gemas del pasado!), alegría en la ejecución y generosidad en la inspiración. Más de tres horas, 183 minutos, se tiró sin parar El Boss. Le dio tiempo a correr por el tablado, dejarse acariciar por los fans, subirse al piano, tocar la guitarra, bailar con un par de damas (su violinista y una chica extraída del respetable), ceder el micro a un niño (al que también premió abrazándole en el escenario), comportarse como un predicador gospel, recitar como un actor shakesperiano, ocupar primeros planos de las tres pantallas y esculpir 29 piezas, 30 contando la sorpresiva introducción acordeonista de Nils Lofgren con el ‘Desde Santurtzi a Bilbo’, je, je...
El dominical fue el mejor de los cuatro bolos que ha dado en los últimos tres años por estos lares. El sonido llegó apelmazado, sí, pero menos que en ocasiones precedentes, aunque la impresión variaba dependiendo del asiento de cada cual. En total, hubo once músicos sobre el tablado (contando a los dos coristas negros), y los sonidos se superponían. Descuellaba la voz rabiosa de Bruce, pero lo demás se estratificaba borrosamente: dos teclados más violín (el piano se notaba en introducciones solitarias), tres guitarras (Nils tuvo dos minutos de gloria en el punteo de ‘Because The Night’, donde giró como una peonza, y Miami Van Zandt apenas compitió por el primer plano), la batería de Max (podrá tener la columna tocada, pero le pega unos zurriagazos a la caja que sostiene todo el rock de estadio), un bajo que algunos no oyeron (nosotros casi tampoco), y el saxo y las percusiones del negro Clarence Clemons, el cascado virginiano.
Sólo se echó en falta alguna versión rechula de la Creedence Clearwater Revival o de los Clash que suele suministrar en esta gira. Aparte, no recordó al difunto teclista Danny Federici, pero pocos echaron de menos el detalle. Para el resto sólo hay palabras de elogio y encomio. ¿Quién trabaja seguidos 183 minutos? El Boss, aunque también le siguieron sus fieles músicos, ¿eh? Y casi todo el rato de manera excepcional. No hubo bajones de tensión sino lapsos planos para retomar aire que también servían para el respetable, las casi 40.000 personas que se citaron en el estadio, gentío de ambos sexos y bastante mayor y algo pijo, pues las entradas eran caras.
La bandera de la Unión
Bajo el inmenso tablado rematado por una ikurriña y la bandera de la Unión, Springsteen se volcó en un concierto patriótico y épico que nos desfondó. América es grande y El Boss la retrata con idealismo romántico, retórica metafórica a borbotones, odas a su motorizado modo de vida y a sus paisajes sin fin, y rock and roll barroco con vetas de todo tipo, sobre todo soul y bastante folk y country. ¡Y hasta rockabilly en ‘Working On The Highway’!
Bastantes picos jalonaron esas tres horas que no se hicieron largas. Repasemos las lista. Con 28 minutos de retraso, casi a las 10, para que la luz solar desapareciera y resultaran efectivas las pantallas gigantes, salió Nils con el acordeón y Clarence apoyado en el hombro de Bruce. Éste gritó ‘kaixo, Bilbao’ y abrió fuego con el rock and roll ‘The Ties That Bind’. En ‘Badlands’ las pantallas le siluetearon como en una película de John Ford y en ‘Hungry Heart’ ya Bruce bajó al pit, a dejarse rozar cantando un soulero ‘Hungry Heart’. Estas tres piezas indicaron por dónde irían los tiros.
‘Working on the Highway’ apuntaló el tono festivo de la velada y en ‘Working On A Dream’ presentó El Jefe: “Buenas noches. Esta noche vamos a liarla con música y espíritu y ruido. Nosotros ponemos la música. Vostros hacéis ruido”. Y saludó como un boxeador. Como un gladiador mientras rugía el circo.
‘Johnny 99’ fue ferroviaria e infecciosa en sus coros. Bruce recolectó carteles pidiendo canciones antes del soul ‘Raise Your Hand’, de Eddie Floyd, cuando un mar de brazos alzados cubrió San Mamés. El villancico ‘Santa Claus is Comin’ To Town’ nos recordó a sus discípulos de Marah. ‘Thunder Road’ (snif, snif) fue épica pero pudo haber acelerado más, el rock and roll ‘My Love Will Not Let You Down’ certificó el colosalismo del baterista y en ‘Waitin’ On A Sunny Day’ cantó el niño, quizá aún hoy inconsciente de su acto.
El baño de masas siguió. La comunicón se prolongó y en ‘The River’ Bruce ululó lírico. ‘Radio Nowhere’ llegó como un tiro y ‘Born To Run’ cerró épica y feliz. El bis se enlazó con el ‘You Never Can Tell’ de Chuck Berry, un ‘Jungleland’ con recitados épicos, el mentado ‘American Land’, un barroco ‘Rosalita (Come Out Tonight)’ y un comercial ‘Dancing In The Dark’ (aquí subió a la mochilera en bikini para bailar). Y, cuando un agotado y teatral Bruce decía que no más... resucitó con el ‘Twist And Shout’ de los Isley Brothers, con trozo de ‘La bamba’ incluido, el tema que plagiaron los Isley en este su éxito propio. Y con la banda abrazada y el estadio ovacionando acabó una cita... memorable.