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MÚSICA. EL BAFLE de Óscar Cubillo
Crepuscular e irregular
Nick Cave & The Bad Seeds bajo el peso de su leyenda en el polideportivo Gasca de San Sebastián (Jueves 24 de abril de 2008)
28.04.08 -

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Primera visita vasca de Nick Cave, el histriónico en la forma y hondo en el fondo rocker australiano. Unos 2000 buenos aficionados se reunieron en el polideportivo Gasca de San Sebastián y conocíamos a montones de ellos llegados desde todos los puntos cardinales. Al final, las sensaciones fueron compartidas: fue un concierto irregular en sus 127 minutos. Algunos no lo reconocieron, pero la mayoría sí, incluyendo a ese fotógrafo bilbaíno que acudió pensando que el bolo le cambiaría la vida y a la postre no le cambió ni la tarde.
Nosotros viajamos con altas expectativas (si no, no movemos el culo hasta tan lejos, claro) que no se satisfacieron plenamente, aunque al final salvamos los papeles. Fue un bolo irregular, ya se ha dicho, y divisible en cuatro partes. Primera (temas 1 a 6), toma de contacto dispersa, débil, sin demasiada inspiración; segunda (7 a 14), la implosión sentimental, melancólica, basada en baladas que miran al horizonte, un capítulo en el que Cave pareció más sincero en sus pretensiones de literato; tercera (15 a 19, el primer bis), irregular, floja también; y cuarta (20-21, el segundo bis), la rabia concentrada para una despedida digna de la altura de su leyenda.
Cave no hizo justicia a su categoría mítica, pareció que estaba cumpliendo un trabajo (alguien le tildó de caricato, aunque nosotros nos quedaríamos en teatral) y complació en esencia a los que se conforman con decir 'yo estuve ahí'. Nosotros también, lo cual nunca olvidaremos, a pesar de que pronto pasará a las tinieblas de la memoria esa primera parte con la banda, los Bad Seeds, en total un septeto también mítico, sin acabar de entregarse a fondo, aporreando dos baterías que no acababan de explotar (mucho rollo Velvet reposaba en el batir de esos parches graves), cambiándose de instrumentos en una muestra de oficio medido y dejándose abducir por el recinto, un polideportivo, con lo que implica de sonido regular y decoración (graderíos, paredes blancas, techo andamiado) impropia de la calidad de la música de Cave, más propia de un teatro. O de un cabaré, cuando menos.
El primer embate, timorato, casi displicente si nos fuerzan a posicionarnos (Cave hasta frenó en seco la tercera, ‘Red Right Hand’, alegando que tenía problemas sobre el tablado), pecó de mecánico, desplegó infuencias sobre los Beasts Of Bourbon y otros reptiles australes ('Today's Lesson'), no acabó de asentarse (en ‘Dig, Lazarus, Dig!!!’ reflexionamos sobre que su último álbum, homónimo, se ideó como artefacto acústico pero luego se le añadió amplificación y aspavientos), y las tempestades se quedaron en brisa (‘Tupelo’, con Cave emulando a un lúgubre Jim Morrison).
Un clásico
Nick Cave es una influencia por sí mismo, pero como en su alma torturada no deja de ser clásico, refleja influjos de otros, como Mick Jagger en los saltos felinos, Neil Young en los paisajes filoyanquis depresivos, o Leonard Cohen en su caudal lírico y a veces recitado, el cual se impuso en la estupenda segunda parte, abierta con la séptima pieza, ‘The Ship Song’, una balada soul melodramática que puso el punto y aparte con el primer capítulo, tan azaroso él. Desde aquí hasta el final del listado (pre bises), Cave se encontró a si mismo, se relajó, tornóse aún más misterioso (‘Midnight Man’ atraparía a los Tindersticks), se desquició esporádicamente como Calexico (‘Lie Down Here & Be My Girl’), languideció cual cooner cowboy afterhours (‘Hold On To Yourself’) y se apuntó al garaje soul embravecido en la línea de un invocante Van Morrison al frente de los Them (‘Deanna’, uno de los temas que más gustó a la generalidad’). Se acabó y había pasado una hora y 20 minutos.
El primer bis ofreció a un Cave efectista, propenso al tremendismo, gustándose en su condición de líder de masas, de conductor de la parroquia. Resultó más cercano, pues se quitó la camisa y reapareció con una camiseta de Grinderman, su proyecto previo más rockista y minimalista. En ese bis remitió a Waits en ‘The Lyre Of Orpheus’ (con el respetable coreando 'oooohhh mama'), exploró el repertorio crepuscular de ‘Your Funeral My Trial’ con un vaso en la mano y la decadencia de Suede, se ahogó en la melancolía de ‘Straight To You’ (también la frenó, ésta dos veces al empezarla) y se despidió con un ‘Stagger Lee’ despojado de diversión Nueva Orleans y recargado de morbidez exhibicionista. Había pasado ya una hora y 50 minutos.
Tras la larga espera con la peña experta exigiendo un nuevo bis, los Bad Seeds, veteranos de mil batallas, algunas toxicómanas, salieron otra vez moviéndose cansinos pero se lucieron con la verborréica, hemorrágica y muy David Byrne ‘We Call Upon The Author’, antes de rematar la partida con otra jugada clásica, un ‘Wanted Man’ dedicado a Dylan y Johnny Cash, tan yanqui y oscura como los Walkabouts. Y antes de irse definitivamente soltó el predicador “gracias, habéis sido fantásticos”, pero no nos lo creímos, pues justo antes de acabar el set oficial preguntó: "¿alguien sabe qué cojones estoy diciendo?".
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